El Real Madrid ha cerrado una temporada que pasará a los anales de su historia como un símbolo de fracaso e incongruencia. No es un año más sin títulos. Es el primero en quince años consecutivos ganando al menos una competición. Es el doble mazazo que golpea al club: mientras el fútbol se desmorona, el baloncesto, que debería ser el salvavidas, ha naufragado también.
Hace dieciséis años que no sucedía algo semejante. Ni siquiera en 2011, tras la era de Laso que revolucionó la sección, hubo tal sequía. Pero esta no es una simple ausencia de títulos. Es el colapso de un proyecto diseñado en los despachos con precisión de orfebre, dotado de recursos prácticamente ilimitados y condenado al fracaso desde el instante en que Florentino Pérez decidió prescindir de Chus Mateo.
La apuesta que salió cara: 50 millones de euros en la papelera
Cuando el Madrid anunció la reestructuración integral de su plantilla en el verano de 2025, el mensaje fue claro: cerramos ciclo, abrimos una nueva era. Out Chus Mateo, el técnico que había ganado dos Supercopas, una Copa del Rey, dos ACB y la Euroliga de 2023. In Sergio Scariolo, el maestro que supuestamente traería de nuevo la gloria al Palacio con una versión mejorada.
La inversión fue colosal. Cincuenta millones de euros en nóminas de jugadores, según algunos medios. Llegaron fichajes como Gabriele Procida, Trey Lyles, Chuma Okeke, Theo Maledon. Se reforzó el banquillo. Se organizó todo pensando en disputar todas las competiciones con garantías de victoria. En teoría, sobre el papel, era un equipo para ganar lo que se propusiese.
En la práctica, fue un ejercicio de sobrepotencia mal aprovechada. Una máquina cara que no sabía cómo engranarse a sí misma. Porque aquí está el quid de la cuestión: no es suficiente tener los mejores talentos si no hay cohesión, si no hay plan B, si no hay mentalidad colectiva capaz de sostener la presión durante una temporada larga y exigente.
La trampa de la Regular Season
Durante la liga regular, el Madrid fue prácticamente inalcanzable. Lideró de principio a fin, con el puño de hierro. Todo parecía estar bajo control. Pero mientras tanto, con los ojos puestos en la Final Four de Atenas, el equipo comenzó a dosificar esfuerzos, a rotar, a priorizar. Las cinco últimas jornadas terminaron en derrota, algo que entonces parecía un lujo que se podían permitir.
El problema fue que nadie vio la alarma. O mejor dicho, todos la vieron y la ignoraron. Porque la Euroleague es el opio de los grandes clubes. Es el trofeo que legitima, que ennoblece, que deja marca. La ACB, en comparación, parecía un torneo menor, un trampolín hacia la verdadera gloria continental.
Fue un error de cálculo descomunal. Porque en el Madrid, ganar no es una aspiración: es una obligación religiosa, un dogma sobre el que se construye la identidad competitiva de la institución. Y cuando decides que una competición es menos importante, empiezas a perder la conexión mental con ella. Es como desenchufar una máquina a la espera de que se encienda sola después.
La Final Four: la gloria efímera que se volvió tormenta
En Atenas, el equipo de Scariolo llegó a acariciar la gloria. Jugó sin sus tres pívots, con Tavares, Len y Garuba lesionados, con una estructura improvisada. Y aun así, estuvo a pocas posesiones de ser campeón de Europa. Fue un acto de fe, una pirueta táctica del italiano que mereció el respeto de toda la afición.
Pero aquí ocurrió algo demoledor: el equipo regresó del viaje europeo destrozado. No solo física, también mentalmente. Un desgaste emocional de haber estado tan cerca. Una desconexión total que se hizo evidente al volver a la ACB.
De repente, el equipo que había dominado la regular season se convirtió en otro completamente diferente. No era ya una degradación de rendimiento: era una mutación. Siete derrotas en ocho partidos. Seis caídas consecutivas: Breogán, Bilbao, Joventut, Baskonia, Manresa y finalmente La Laguna Tenerife. Una racha que jamás se había visto en la historia reciente de la sección.

Scariolo, una verdad incómoda
¿Fue culpa del italiano? Aquí es donde la historia se pone delicada. Porque Scariolo es un técnico extraordinario. Su análisis táctico es magistral. Sus planteamientos en la Final Four fueron una obra de arte. Pero hay una diferencia fundamental entre ser un genio en un torneo de dos semanas y ser un gestor competente durante 40 jornadas de temporada regular.
El técnico italiano no fue capaz de mantener el equilibrio mental de sus jugadores. No logró que el equipo se enchufase y desenchufase a voluntad, como si fuesen máquinas automáticas. La realidad es que los jugadores, por muy buenos que sean, son humanos. Y los humanos no pueden apagarse y encenderse al capricho táctico de un entrenador.
Ahora está en el disparadero. Tiene contrato hasta 2028, lo que significa que despedirlo sería muy caro. Pero el dinero nunca ha sido un obstáculo para las decisiones del Madrid cuando se trata de ganar. Y aquí, aparentemente, han decidido esperar. “Tengo tres años de contrato. Es una pregunta para el club”, respondió el italiano con la resignación de quien sabe que ha fallado.
Futuro incierto
Después de este bofetón, el Madrid se presenta a las urnas este domingo. Florentino o Riquelme. Ambos presenciaron una pitada de época. Ambos saben que la situación en la sección requiere decisiones frías, sin emocionalidad, sin los restos aún humeantes de la derrota.
¿Se mantiene a Scariolo? ¿Se refuerza con un manejador? ¿Qué se hace con Trey Lyles, que tiene ofertas de la NBA? ¿Y con Mario Hezonja, MVP de la Liga pero incapaz de llevar al equipo ni a semifinales? ¿Y con Sergio Llull, que acaba contrato?
La historia demuestra que el Madrid rara vez perdona. De quince temporadas anteriores sin títulos, diez terminaron con cambio de entrenador. Técnicos de prestigio como George Karl, Wayne Brabender, el propio Scariolo en su primer paso, Javier Imbroda, Julio Lamas, Bozidar Maljkovic o Joan Plaza cayeron. Solo cinco técnicos fueron indultados: Lolo Sainz, Zeljko Obradovic, Scariolo mismo, Joan Plaza y Ettore Messina.
Scariolo es ahora un caso especial. ¿Será el sexto indultado? ¿O caerá como los otros?
Una lección que cuesta 50 millones de euros
Lo que el Real Madrid ha confirmado esta temporada es una lección antigua y amarga: el dinero no lo es todo. Los mejores talentos, sin cohesión, son solo eso: talentos diseminados. La ambición sin dirección es apenas ruido. Y la esperanza de que “esta vez será diferente” es quizá el veneno más peligroso que puede ingerir un club de élite.
El Madrid cerró la puerta a Chus Mateo, que ganaba títulos, para abrir la puerta a Scariolo, que no ha ganado nada. Invirtió cincuenta millones en una apuesta que ha salido cara. Y el peor de los castigos no es la derrota ante La Laguna Tenerife, por bochornosa que sea. Es saber que en el fútbol, los mismos males han aquejado al club. Es saber que algo fundamental ha fallado en la estructura, en la toma de decisiones, en la mentalidad competitiva.
El Real Madrid ha aprendido una lección que debería ser incómoda: no basta con ser grande. Hay que serlo todos los días. Hay que aguantar la presión sin romper. Hay que adaptarse sin perder identidad. Y sobre todo, hay que ganar cuando hay que ganar.
Y cambiar cuesta. Duele. A veces requiere decisiones impopulares. Pero el Madrid no tiene otra opción. Porque aquí, en la casa más ganadora del baloncesto europeo, el fracaso nunca es un destino. Es un accidente que hay que reparar rápido.
Demasiado rápido para que no vuelva a ocurrir.

