Hay franquicias NBA que simplemente pierden partidos de forma rutinaria. Y luego están los Chicago Bulls, que llevan años perdiendo algo infinitamente más valioso: la identidad. Lo verdaderamente desconcertante no es solo su récord mediocre de 28-42 en la temporada 2025-26, ni siquiera su irregularidad crónica en pista, sino esa sensación constante de estar ante un equipo que no sabe qué quiere ser. Cada temporada parece arrancar con una idea distinta que se diluye progresivamente hasta terminar sin dirección alguna, atrapado en un ciclo de ambigüedad que frustra a aficionados y analistas por igual.
Sin embargo, en medio de esta crisis deportiva, surge la gran contradicción de Chicago: el pabellón sigue lleno noche tras noche. El United Center, segundo estadio más grande de la NBA con capacidad para 20.197 espectadores, se mantiene como un punto de encuentro turístico global no tanto por lo que ocurre actualmente en la pista, sino por lo que ocurrió hace décadas en sus legendarias canchas. En Chicago, el baloncesto sigue oliendo a Michael Jordan, atrayendo a turistas internacionales que acuden a ver su estatua icónica y a revivir la gloria de los 90, independientemente del rendimiento del roster actual. Este legado de MJ vende entradas récord y merchandising, pero al mismo tiempo enmascara una crisis profunda, permitiendo que la franquicia viva cómodamente del pasado mientras bloquea cualquier intento serio de construir un futuro competitivo.
De la ilusión inicial al inmovilismo crónico
Durante años, los Bulls han navegado por una ambigüedad peligrosa que les ha impedido progresar: no han sido lo suficientemente «malos» como para emprender una reconstrucción decidida desde cero, ni lo suficientemente buenos para pelear por posiciones reales de playoffs. Se han estancado en ese terreno intermedio donde muchas franquicias se acomodan, justificando errores garrafales y posponiendo decisiones incómodas que podrían haber cambiado su trayectoria. La llegada de Artūras Karnišovas en 2020, tras destituir a la ineficaz dupla GarPax, prometía un cambio radical de dirección. Y durante un breve pero intenso instante, pareció cumplirlo: la apuesta agresiva por Zach LaVine y DeMar DeRozan generó ilusión colectiva, con Chicago liderando el Este temporalmente, logrando playoffs y hasta un récord positivo que hizo soñar a la ciudad con un renacer inesperado.
Sin embargo, ese proyecto no colapsó de forma abrupta, sino que se fue apagando lentamente como una llama sin oxígeno. Las lesiones, especialmente la devastadora de Lonzo Ball, actuaron como detonante inicial, pero lo verdaderamente alarmante llegó después: la incapacidad total de reaccionar ante la evidencia de fracaso. Chicago no tomó decisiones firmes cuando aún tenían valor de mercado; simplemente esperó, esperó demasiado tiempo, apostando ciegamente porque el tiempo mágico arreglaría lo que ya estaba irremediablemente roto. En la NBA moderna, donde los ciclos son cortos y los márgenes microscópicos, esperar es sinónimo de perder, y así los Bulls vieron cómo sus activos se devaluaban, su proyecto se desgastaba por completo y quedaban sin una base sólida sobre la que edificar algo duradero.
Un roster sin alma en plena transición
Hoy en día, el resultado palpable de esa parálisis es un equipo indefinible que genera más preguntas que respuestas: sin jerarquía clara en la rotación, sin identidad reconocible en pista y, lo más preocupante, sin narrativa convincente que invite a los aficionados a creer en un futuro próximo. Chicago parece una mera colección de piezas individuales interesantes –como Josh Giddey, Matas Buzelis, Jaden Ivey o Rob Dillingham– pero sin un hilo conductor que las una en un proyecto coherente. El deadline de 2026 trajo un torbellino de movimientos que desmantelaron el roster anterior a cambio de talento joven y verde, sacrificando complementos ideales como Ayo Dosunmu y Nikola Vucevic, pero todo llegó tarde y sin una visión estratégica clara que justificara los sacrificios. El roster actual adolece de exceso alarmante de bases, falta crítica de un pivot titular serio y contratos tóxicos como el de Patrick Williams (18 millones anuales por tres años más), mientras Billy Donovan fuerza sistemas con 2-3 guards en pista que no resuelven la ausencia total de dirección defensiva en la pintura.
Draft y mercado: la última tabla de salvación con dudas estructurales
En este panorama desolador, el draft de 2026 emerge como la única vía plausible de escape, con proyecciones de pick propio alrededor del 9º (gracias al pobre 28-42) más el de Portland (top-14 protegido), además de 82 millones en cap space para el verano. Jugadores como Walker Kessler (24 años, agente libre restringido de Utah) o el prospecto Aday Mara podrían transformar la pintura, pero incluso aquí surgen dudas fundamentales: reconstruir desde la juventud exige algo que los Bulls simplemente no han demostrado poseer en años recientes, como claridad absoluta en la toma de decisiones. Elegir bien de forma consistente no es cuestión de suerte perpetua, sino de estructura sólida en scouting, visión estratégica a largo plazo y, sobre todo, saber exactamente qué tipo de equipo quieres construir. Y Chicago, a día de hoy, no tiene ni idea.
El ahorro mal entendido
Precisamente ahí es donde el problema trasciende lo deportivo y se convierte en estructural profundo. Jerry Reinsdorf, dueño desde 1985 y apasionado del béisbol (hasta vendió mayoría de los White Sox), ha operado los Bulls como una inversión de bajo riesgo, con scouting mínimo y menos personal técnico que sus rivales directos. Los drafts de Karnišovas han sido nefastos: el P4 en Patrick Williams se convirtió en un desastre financiero de 90 millones por cinco años, sumado a fracasos como Dalen Terry o Julian Phillips. Mientras equipos como Oklahoma City Thunder construyen con paciencia –acumulando talento, tomando decisiones coherentes y arriesgando calculadamente–, Chicago ha confundido sistemáticamente paciencia con parálisis total, esperando cuando debían actuar con urgencia, reteniendo activos cuando debían soltarlos y dudando eternamente cuando la situación exigía convicción absoluta.
Un equipo histórico atrapado en el limbo
En definitiva, los Chicago Bulls no están reconstruyendo de manera proactiva. Tampoco están compitiendo por posiciones relevantes. Simplemente están, flotando en un limbo competitivo que es lo más peligroso que puede ocurrirle a una franquicia histórica en la NBA actual, con sus márgenes finísimos y rivalidad feroz en todas las conferencias. Chicago merece mucho más que esta mediocridad perpetua, pero sin un cambio radical de dueños, sin inversión seria en estructura y sin una visión clara que reemplace la nostalgia de Jordan, seguirá atrapada en su propio pasado glorioso mientras desperdicia sistemáticamente su enorme potencial como mercado y ciudad baloncestística. La pregunta no es si pueden salvarse, sino si alguien en la cúpula querrá intentarlo de verdad. El reloj, implacable, no para de correr.
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Periodismo-UMA
En 'Tiempo de Basket' desde el 04.12.2021





