miércoles, octubre 5, 2022
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Bill Russell no quería una estatua en Boston, pero la merecía

La presentación del monumento a Russell en Beantown en 2013 fue como hojear un álbum de cromos andante.

Julius Erving estuvo presente. También lo hizo Charles Barkley. Bill Walton aterrizó en la ciudad. JoJo White, Tommy Heinsohn, Jim Brown, Alonzo Mourning, Clyde Drexler y una larga lista de ex jugadores de la NBA también lo hizo. Bill Withers y Johnny Mathis – ambos con sus distintivos estilos – realizaron una actuación conjunta. El presidente, Barack Obama, pudo echarle un vistazo a la estatua antes de que fuera oficialmente revelada al público.

Y la estatua todavía sigue en pie como homenaje a Russell, que falleció en paz a la edad de 88 años el pasado 31 de julio.

De vuelta en 2013, Russell ni siquiera quería la celebración. Es parte de lo que le hacía único. Nunca se preocupó por los premios individuales. Quería vencer a alguien. Quería defender lo que estaba bien. Quería que su equipo ganara. Varias personas en la presentación de su estatua sugirieron que sólo acepto el honor porque los Boston Celtics ayudaron a financiar un programa de orientación que le encantaba a Russell. Se dejaba ser adorado porque quería que la juventud se beneficiara. De otra manera, nunca habría invitado a la pompa y circunstancia.

La realidad es que debió haber ocurrido años – décadas – antes. Russell ganó una medalla de oro olímpica. Ganó dos campeonatos de la NCAA. Ganó tantos títulos de la NBA que, años después, Wilt Chamberlain reconoció estar celoso de los 11 trofeos. Chamberlain no logró su primer anillo de la NBA hasta 1967, su octava temporada en la liga. Antes, había escuchado todas la mofas acerca de ser un perdedor, como si fuera el único incapaz de sobreponerse a los Celtics de Russell.

Bill Russell estatua

Los Celtics de Russell no dejaron que nadie tuviera su turno. Más de 50 años después de que jugara su último partido, se puede debatir dónde queda el pívot en la lista de leyendas de la NBA. No era tan imponente físicamente como Shaquille O’Neal o tan dominante como Chamberlain. No tenía el dream shake de Hakeem Olajuwon o el sky hook de Kareem Abdul-Jabbar. No ha jugado en la era actual, con bases que pueden disparar desde más de 10 metros e interiores que pueden seguir siempre el ritmo. La liga ha cambiado mucho desde los días en los que él era su dueño.

Russell y los Celtics se adueñaron de la NBA como ningún otro equipo lo ha hecho o lo hará. Sólo le preocupaba ganar y lo hacía mejor que nadie – en cualquier deporte – lo ha hecho. Se encontró con 10 séptimos partidos y salió de cada uno de ellos con un triunfo. Tiene tantos anillos como Michael Jordan y Magic Johnson juntos. Ganó ocho campeonatos seguidos durante un tramo de su carrera.

Porque Russell derrotaba a todo el mundo. Sus instintos en defensa eran fascinantes – y siempre lo serán. Una vez dijo que, aunque sólo podía taponar tiros el cinco por ciento de las veces, lo que le hacía tan efectivo era que los rivales no sabían qué cinco por ciento sería. Cuando se abría un poco acerca de su oficio, hablaba de baloncesto como un profesor del deporte. La defensa era su ciencia. Era su arte. Era lo que sabía hacer mejor que nadie en ese momento y quizá mejor que nadie desde entonces. Si estaba solo detrás defendiendo un contraataque tres contra uno, apuntaba a instalar una especie de preocupación en sus tres oponentes. No se establecía para el tapón, sino para nublar las ideas de sus rivales.

Aunque se han dado algunos pasos recientemente, la comunidad baloncestística ha pasado por alto durante mucho tiempo el valor de la defensa. Los jugadores que son capaces de meter la pelota en la canasta son los que firman los contratos más altos, reciben la mayoría de votos al All-Star y, a menudo, se ganan una reputación que supera sus verdaderas contribuciones. Incluso en ese panorama – incluso en los años 50 y 60 – Russell fue lo suficientemente importante para que todo el mundo reconociera la importancia de la defensa y el rebote.

Durante una época en la que Chamberlain aplastó tantos registros, Russell ganó cinco trofeos de MVP sin siquiera promediar más de 18.9 puntos por partido. Mientras que sus equipos de Boston estaban llenos de posteriores miembros del Salón de la Fama, su sola presencia les garantizaba efectivamente a aquellos equipos una defensa de primer nivel anualmente. Russell rompió el paradigma con defensas tan alucinantes, devastadoras y únicas que nadie lo podía ignorar. Abrió los ojos de un mundo del baloncesto que casi siempre está ciego ante el valor completo de todo lo que hacía como nadie.

Finalmente, los Celtics le construyeron una estatua. En su presentación, Russell hizo todo lo posible por minimizar sus logros. Prefería preocuparse por razones más importantes, una amplia variedad de temas en los que creía incluido el baloncesto ganador, el activismo por los derechos civiles y casi todo lo demás.

Puede que Russell no quisiera ser reconocido en la presentación, pero una larga lista de leyendas comparecieron para homenajearlo. Cuántas figuras de la NBA del pasado o el presente podrían haber inspirado una lista de invitados así. En un frío y lluvioso día de noviembre en Boston.

No muchas. No muchas, desde luego. Pero Russell nunca dejó huella de la manera en la que todo el mundo lo hacía.

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