domingo, diciembre 4, 2022
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Bob Cousy, en el corazón del Boston Garden

Se podía comprar un traje de lana con dos pantalones por $49 y chuletas de cerdo a 65 centavos la libra. En el cine se podía ver ‘Lawrence de Arabia’ y ‘Matar a un ruiseñor’. En televisión pasaban Gunsmoke, Mission Impossible y Peyton Place. El presidente John E. Kennedy estaba en Costa Rica para reunirse con los líderes de los países centroamericanos, y Willy Brandt, el alcalde de Berlín Occidental, estaba llamando a los Estados Unidos y la Unión Soviética a reunirse en un intento por disminuir las tensiones crecientes entre ambos bandos. Una joven cantante llamada Barbra Streisand sacaría el álbum más vendido del año. Era el 17 de marzo de 1963, día de San Patricio, en Boston, una ciudad rica en historia, pero a efectos prácticos una ciudad tan segregada como cualquier otra del país. También fue el último partido de Bob Cousy en el Boston Garden (en liga regular).

Cousy había anunciado a principios de año que esta sería su última temporada. Tenía 34 años y sentía que tenía que prepararse para el futuro, que era hora de seguir con su vida y ganarse la vida con algo que no tuviera nada que ver con jugar a baloncesto. Sintió que era mejor irse mientras todavía estaba cerca de la cima de su juego para que los aficionados lo recordaran como un gran jugador, no como alguien en declive.

Era su temporada número 13 y en opinión de muchos, él era la principal razón por cual la NBA todavía no había desaparecido. Había sido el jugador más carismático en esos primeros años, uno de los primeros en pasarse el balón por la espalda (hay que atribuir este movimiento a Bob Davies antes que a Cousy), el primero en lanzar pases sin mirar, el primero en jugar de una forma que años más tarde reproducirían otras estrellas de la liga. Durante la primera mitad de los años cincuenta había sido aclamado casi universalmente como la figura más grande del baloncesto profesional, un perenne All-NBA durante 10 años seguidos, MVP de la temporada 1956/57 (en la segunda edición que se entregaba este galardón). Había liderado la NBA en asistencias durante ocho años consecutivos y había sido campeón de la NBA en cinco ocasiones hasta ese momento. Pero fue mucho más que estadísticas. Cousy fue el primer jugador moderno, el primer jugador creativo, innovador, el primero que miró dentro de los límites de una cancha y vio infinitas posibilidades, un músico de jazz desde la posición de base. Fue uno de los primeros jugadores de baloncesto en protagonizar spots publicitarios y prestar su imagen para anuncios, uno de los primeros en tener su propio campus de baloncesto. Disfrutaba de una popularidad impropia para un jugador de baloncesto en su época, de ahí que le llamaran «Mr. Basketball».

Pero había pagado un precio muy alto por ello. Durante años tuvo pesadillas. Bill Sharman, que había compartido habitación con él durante 10 años, contaba como Cousy se despertaba en mitad de la noche, en un estado de sonambulismo hablando en francés, un idioma que no había hablado desde niño. A medida que su carrera avanzaba, estos episodios se habían vuelto más comunes. Estas pesadillas eran fruto de los ataques de ansiedad que estaba padeciendo. Su gran temor era que de alguna manera algo o alguien pudiera empañar su reputación, algo en lo que había trabajado durante mucho tiempo.

Bob Cousy Boston Garden

«Siempre he tenido miedo de no ser lo suficientemente bueno», diría más tarde. «Siempre existía el temor, antes de cada partido, de que ésta sería la noche en la que mi talento me abandonaría, que éste sería el partido en el que todo saldría mal y quedaría expuesto e indefenso. Quiero ser el mejor. No es suficiente ser muy bueno. De eso se trata».

Este sentimiento se había intensificado a medida que su carrera iba tocando a su fin. Nunca había sentido esa presión cuando era más joven. Entonces tenía tanta confianza en sus habilidades que jamás le habían invadido esos temores. Pero el momento de sentir la presión de tratar de mantenerse en la cima afloró a medida que una nueva generación de jugadores más jóvenes, llegaban a la liga. Se sentía como un viejo pistolero parado en medio de una calle polvorienta en una ciudad del Far West enfrentándose a todos los demás. Esa presión había ido drenando su propia esencia porque sabía que ya no podía controlar su propio destino, no de la forma en que lo hacía cuando era más joven.

A medida que envejecía como jugador, había llegado a odiar el tiempo que pasaba en la carretera. Odiaba los viajes. Odiaba las habitaciones de hotel. Odiaba la interminable espera antes de cada partido. Odiaba a sus rivales. Odiaba la forma que tenía de mentalizarse para los partidos, aislándose, volviéndose hacia sí mismo, y finalmente encontrando un lugar oscuro donde odiaba todo, incluso a sí mismo. En definitiva odiaba el estilo de vida del baloncesto profesional. Sobre todo, el tiempo que pasaba lejos de su esposa y sus dos hijas pequeñas. Se había dado cuenta de que sus hijas, ahora de 11 y 12 años, estaban creciendo y eran casi extrañas para él. Se sintió culpable al comprender que toda la vida de su familia siempre había girado en torno a sus horarios.

Cousy se arrepentía de los daños colaterales de su profesión, pero al mismo tiempo comenzaba a sentir nostalgia por una carrera que se empezaba a deslizar entre sus dedos como si fueran granos de arena. Había llegado muy lejos desde aquellos días de su infancia en el Upper East Side de Manhattan, de la disfunción de su familia y del tipo de pobreza que puede llegar a arruinar cualquier sueño antes de que éste tenga una mínima posibilidad de materializarse. Había superado muchos obstáculos, ¿cuáles eran las probabilidades de que alguien que había sido cortado a los 16 años en el equipo de su high school creciera para ser considerado «Mr. Basketball»?

En ese señalado día de San Patricio, Cousy fue honrado en la ceremonia más trascendente y cargada de obsequios realizada para cualquier atleta en la historia de la ciudad. Esto no era poca cosa, ya que Boston era una de las ciudades con más referentes deportivos de todo el país, había sido el hogar de varias de las estrellas más grandes en la historia del deporte estadounidense: Babe Ruth, Jimmie Foxx y Ted Williams, algunos de estos no en la cima de sus carreras, pero estuvieron en Boston al fin y al cabo. Al contrario que Bill Russell, Cousy siempre fue idolatrado tanto por la prensa como por los aficionados. Tal vez eso se deba a que había jugado en la universidad en Holy Cross, tan solo 40 millas al oeste de Boston. Muchos de sus partidos universitarios tuvieron lugar en el Boston Garden, por lo que fue considerado un hijo adoptivo de la ciudad. O tal vez era tan simple como diría más tarde su compañero de equipo Tommy Heinsohn porque en esos primeros años de los Celtics, los aficionados de Boston no eran necesariamente aficionados al baloncesto, eran básicamente fans de Bob Cousy. No importaba que hubiera sido la llegada de Russell lo que había convertido a los Celtics en el mejor equipo de la historia, no importaba que Russell se hubiera convertido en el jugador más determinante de la liga, Russell era distante, un hombre de raza negra de 2,06 que jugaba en una ciudad con un problema de segregación racial. Cousy, por el contrario, medía 1’85, era blanco, y cualquiera de los aficionados podía verse identificado en él.

Desde el día que debutó, la NBA había cambiado significativamente. Si bien una variedad de factores contribuyeron a esto, Cousy había sido fundamental para cambiar la imagen de la liga. En una competición que posteriormente aprendió muy bien cómo comercializar a sus estrellas, Cousy fue la primera superestrella genuina, incluso más que el propio George Mikan. Fue el primero cuyo nombre trascendió su deporte. Esto quedó más que patente dos años antes, cuando apareció en The New Yorker, la revista literaria de élite que se había convertido en uno de los jueces del gusto y la cultura en Estados Unidos. A lo largo del artículo de Robert Rice se hacía referencia a los logros individuales de Cousy. También fue retratado como alguien que consideraba a sus oponentes como enemigos y pasaba las pocas horas antes de cada partido cavilando y trabajando en una ira silenciosa, un hombre cuyo estoicismo marcaba la tormenta emocional que atravesaba durante cada partido. Hablaba sobre las finales perdidas en 1958 y cómo Cousy se había quebrado y rompió a llorar en el vestuario, toda aquella emoción reprimida se materializó en forma de lágrimas cayendo sobre el piso de cemento. No lloraba porque los Celtics habían perdido o porque había jugado mal, sino porque sentía que no había logrado entrar en un estado mental adecuado, no había sido el tipo de líder que necesitaban su equipo.

En su opinión, su papel era hacer mejores a sus compañeros. Eso era lo que le habían enseñado en los patios de las escuelas de la ciudad de New York. Esa fue siempre su estilo de juego. Cousy tenía el mismo tacto para el juego que jugadores como Larry Bird y Magic Johnson, hombres que instintivamente supieron que el pase es la máxima expresión del baloncesto. Él lo llamó «esparcir el azúcar», este acto consciente de pasar la pelota, manteniendo a todos contentos. Él era el capitán, en los Celtics esta responsabilidad no era una cuestión banal.

No solo la NBA cambió desde la llegada de Cousy, también cambiaron los Boston Celtics. Se habían convertido quizás en la dinastía más grande de la historia del deporte estadounidense. También habían cambiado la forma en la que se jugaba al baloncesto, con un estilo fluido y libre basado en el contraataque como una forma de arte. Además tenían el factor diferencial de la presencia defensiva de Russell. Los otros jugadores clave fueron Heinsohn, Satch Sanders, Sam y K. C. Jones y Frank Ramsey. Eran blancos y negros, de ciudad y de campo, todos dirigidos por un judío que había alcanzado la mayoría de edad en un gueto de Nueva York. En muchos sentidos, fueron precursores de una nueva América, un estudio de la diversidad antes de que ese concepto se hiciera popular. Eran hombres diferentes de diferentes orígenes, todos con sus propias esperanzas y ambiciones, hombres que a menudo seguían caminos diferentes una vez que el partido terminaba. Pero juntos, dentro de la burbuja de ese vestuario, eran notablemente similares, compartían una visión y un orgullo que se reafirmaba cuanto más ganaban y más banderas eran alzadas a las vigas del Boston Garden. Eran un equipo en el mejor sentido de la palabra. Llegaron a la conclusión de que eran mejores colectivamente que individualmente. Ese siempre había sido el evangelio según Auerbach, y en esta iglesia en particular no había herejes. Fue un mensaje que todos los jugadores aceptaron, independientemente de sus razones, el artículo de fe que nunca fue cuestionado. Los jugadores iban y venían, las estaciones seguían cambiando, pero la filosofía dentro del grupo nunca cambió.

La liga había cambiado, los Celtics habían cambiado y Estados Unidos estaba cambiando, las tensiones que luego estallarían a mediados de los años sesenta comenzaban a salir a la superficie. Russell fue la encarnación más obvia de esta cuestión. Desde el momento en que llegó a Boston en diciembre de 1956, recién llegado de los Juegos Olímpicos de Melbourne, había tenido una personalidad complicada, una de las primeras estrellas negras del deporte que se negó a ser servil y a seguir las reglas del hombre blanco: siempre fue fiel a sus principios, independientemente de las consecuencias, pero como parte de los Celtics, dentro del grupo, también era el mejor compañero de equipo, alguien que subordinaría sus propios intereses para el beneficio del colectivo. También trajo al equipo su obsesión por ganar, la sensación de que haría cualquier cosa por obtener la victoria.

Años más tarde, Heinsohn habló de esta necesidad de ganar refiriéndose a Cousy, Russell y Auerbach, las tres personalidades más dominantes de los Celtics. Debajo de la superficie, se parecían mucho más de lo que nadie se daría cuenta: el base había crecido como el único hijo de inmigrantes franceses, el pívot había pasado sus primeros años en la Louisiana segregada y el entrenador judío había tenido que huir de un gueto de Brooklyn. La teoría de Heinsohn era que mientras el resto de los Celtics realmente querían ganar, estos tres «tenían» que ganar, como si ganar se hubiera convertido en la única forma de validación. Lo llamó «love ache» pensando que su insaciable necesidad de ganar una y otra y otra vez era una forma de privación de amor, un hambre que nunca podrían saciar, sin importar cuántas victorias consiguieran.

Cousy y Russell nunca habían estado particularmente unidos, aunque tenían un gran respeto el uno por el otro como jugadores y, quizás más importante, como compañeros de equipo. Su relación parecía volverse más distante a medida que pasaban los años. Cousy consideraba casi imposible acercarse a Russell, como si hace mucho tiempo hubiera levantado barreras a su alrededor. Heinsohn diría más tarde que nadie entendió completamente a Russell, ni siquiera él mismo. No es que Cousy y Russell tuvieran problemas. Ese no fue el caso. Una de las razones por las que no habían llegado a intimar más era que a Russell le molestaba el hecho de que no recibiera la misma atención que Cousy, algo que se había ganado sobre el campo. En Estados Unidos a finales de los años cincuenta eso era algo inevitable.

Durante la filmación de un documental de televisión, Cousy comenzó a llorar cuando se le preguntó acerca de los prejuicios que sufrió Russell como jugador. Reconoció que desearía haber hecho más en ese momento para ayudarle, que debería haber sido más sensible a su difícil situación. Luego, Russell le dijo a Cousy que no debería sentirse culpable, que realmente no había nada que pudiera haber hecho para que su estancia en Boston fuera más agradable. Con todo, siempre pusieron lo mejor de su parte para que el entendimiento de ambos sobre la cancha fuera el mejor posible.

«¿Quieres saber por qué Cousy era el mejor?» dijo Russell en cierta ocasión: «Dos razones. Primero, su imaginación. No importa cuál fuera la situación, él siempre encontraba una solución nueva. Improvisaba cualquier cosa, y lo hacía funcionar por la segunda razón: su confianza. Sabía que iba a funcionar».

La ceremonia se prolongó durante casi una hora antes del partido con los Syracuse Nationals. Cousy estaba flanqueado por su esposa, Missie, con quien se había casado 13 años antes. También estaban sus dos hijas pequeñas, Marie y Mary Patrice; y sus padres, que habían venido desde St. Albans, New York. Sus padres se sentaron en dos sillas plegables en medio de la cancha. Recibió numerosos obsequios, incluido un Cadillac nuevo, mientras era ovacionado por todo el Boston Garden. Cousy se secó los ojos, retorció las manos y se inclinó ante la multitud. Red Auerbach, quien antes había leído una proclama del presidente Kennedy, diría: «En toda mi vida nunca había visto nada como este tributo a un atleta, ni a Babe Ruth, ni a Lou Gehrig, ni a Ted Williams». Auerbach se dirigió a la multitud agradeciendo su asistencia y expresando lo mucho que iba a echar de menos a su lugarteniente.

No deja de tener cierta ironía porque precisamente había sido Auerbach quien dejó pasar a Cousy en la primera ronda del draft de la NBA de 1950, a pesar de que Cousy había sido la estrella de Holy Cross y había jugado muchos de sus partidos en el Boston Garden, el niño mimado de los periodistas deportivos de Boston. Auerbach acababa de ser contratado entonces para reflotar la franquicia de los Celtics y evitar su desaparición. «¿Se supone que debo ganar o complacer a los palurdos locales?» Se despachó a gusto Auerbach ese día, cuando le preguntaron por qué no había elegido a Cousy. Llámenlo azar o llámenlo destino, cualquiera de ellos fue el responsable de su traspaso desde Saint Louis Hawks a una franquicia que desapareció unas semanas después. Aquella eventualidad derivó en un sorteo entre tres franquicias para escoger a Max Zaslofsky, Andy Phillip y Bob Cousy, un sorteo que los Celtics perdieron y como consecuencia de ello tuvieron que conformarse con el jugador descartado por los New York Knicks y los Philadelphia Warriors, Bob Cousy.

Auerbach y Cousy crecieron juntos como un matrimonio de conveniencia. Alcanzaron un éxito que nadie habría imaginado en ese día del draft en 1950. Trece años después se abrazaron y lloraron juntos. Hubo palabras del alcalde John Collins y el gobernador Juan Volpe. También hablaron la esposa de Russell y Walter Brown, propietario de los Celtics.

«Las cosas no siempre fueron tan bien para los Celtics», dijo Brown. «De hecho fueron tan mal que no pude pagarles a los jugadores su salario durante casi un año. Cousy y Ed Macauley nunca me lo pidieron. Su generosidad permitió que el club pudiera subsistir. Durante 13 años, Bob, tú has sido los Boston Celtics».

Cousy había representado a los Celtics especialmente a principios de los años cincuenta cuando la NBA estaba en un estado embrionario y el baloncesto profesional en Boston se veía con escepticismo en el mejor de los casos. Los Celtics estaban tratando de establecerse en una ciudad que no tenía tradición de baloncesto, era una ciudad de hockey. Cousy había sido prácticamente la única razón para ir a ver a los Celtics.

Cuando llegó a la liga en 1950, la NBA tenía solo un año de vida tras la fusión de la NBL y la BAA. Sus once franquicias incluían Syracuse, Fort Wayne y algo llamado Tri-Cities, que jugaba en tres ciudades indescriptibles en lowa. El baloncesto universitario era mucho más popular, el NIT en el Madison Square Garden cada mes de marzo atraía mucha más atención que los playoffs de la NBA. En muchos sentidos, el baloncesto profesional era un juego regional ubicado en localidades del Noreste y del Medio Oeste, algo para el hueco que quedaba libre entre las temporadas de football y béisbol. Cousy cambió todo eso. Eran un hombre pequeño en un juego de hombres grandes. Tampoco fue bendecido con grandes condiciones atléticas, pero su forma de desenvolverse sobre la cancha justificaba pagar una entrada. Cualquier cosa podía pasar mientras él estuviera jugando. Pero no solo era bien visto como deportista, Red Smith, periodista del New York Times y una de las voces deportivas más influyentes del país escribió: «Para él, el baloncesto tiene una música propia, pero también tiene fuertes convicciones sobre las personas, la vida y los derechos humanos”. Y es que Cousy fue uno de los impulsores del nacimiento de la Asociación de Jugadores.

Ahora, en aquella lejana y lluviosa tarde del día de San Patricio, todo estaba a punto de terminar. La primavera anterior había anunciado que jugaría una temporada más, para luego entrenar a Boston College. Este anuncio desencadenó una de las giras de despedida más grandes en la historia de la NBA, Cousy fue honrado en prácticamente todas las ciudades a lo largo de la temporada: obsequios en el descanso de los partidos, discursos, agradecimientos públicos. A pesar de la aclamación del público, Cousy era muy celoso de su intimidad. Nunca se sintió cómodo con toda la atención que recibió. Sabía que, en última instancia, generaría más dinero, así que lo aceptó, lo vio como parte de su trabajo.

Al terminar la ceremonia también tomó la palabra Maurice Podoloff, comisionado de la NBA: «Sólo ha habido un Bob Cousy y nunca habrá otro igual».

Después del partido, Dolph Schayes, la estrella de Syracuse, declaró: «Miré y Cousy estaba llorando, los aficionados estaban llorando. Cuando vi que los árbitros también lloraban, supe que estábamos en problemas». Al día siguiente, los titulares de todos los rotativos de los grandes diarios abrían su sección de deportes hablando del evento.

Para Cousy era muy importante abandonar en aquel momento. Tommy Heinsohn que había hecho el recorrido en coche junto a Cousy de Worcester a Boston lo sabía muy bien. Habían compartido mucho tiempo juntos. Conocía a la perfección su motivación: su temor al fracaso y cómo había usado ese miedo para convertirse en un competidor feroz. Todas aquellas batallas no fueron tan duras como le estaba resultando tener que hablar delante de más de 13.000 espectadores. Cousy se paró en mitad de su discurso, y empezó a derrumbarse, durante un lapso de tiempo sus palabras quedaron atrapadas en el nudo de su garganta mientras los aplausos de la gente lo envolvían. Fue constantemente interrumpido por ovaciones atronadoras. Declaró que no le hubiera gustado jugar en ningún otro lugar que no fuera Boston. Se había convertido en una parte tan importante de la ciudad como la Old North Church o Paul Revere’s Ride. Sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente, y su hija Marie, de 12 años, caminó hacia el micrófono y le dio un pañuelo. El Garden se quedó en silencio mientras se limpiaba los ojos. Mientras luchaba por controlar sus emociones, una voz desde la grada resonó rompiendo el silencio sepulcral del edificio: «Te queremos, Cooz».

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