domingo, mayo 19, 2024
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El dominio de Shaq

Yo aún era un niño cuando en una ocasión me descubrí boquiabierto delante del televisor viendo a un tipo de más de 150 quilos y 2’16 metros de estatura moverse como si las leyes de la gravedad no fueran con él. Cada giro, cada salto, cada apoyo y cada movimiento eran de una fluidez absoluta, lo que a los americanos les gusta llamar “flow” haciendo referencia a esa orgullosa subcultura negra que la NBA se esforzó a ocultar hasta que la evidencia ganó la batalla. El tipo vestía el laureado número 34 de los Ángeles Lakers y mostraba un dominio propio de un artista que se sabe que ha superado a sus contemporáneos, del genio que mira de reojo a sus competidores mientras una leve sonrisa se le dibuja en los labios, así era Shaquille O’Neal, el hombre, el mito y la leyenda. Mucho se ha escrito sobre su dominio en la liga, pero puede que la frase más acusada, la que definiera mejor y de manera más asertiva su relación con el deporte de la canasta saliera de su propia boca: “Mi legado será este: soy el jugador más dominante de todos los tiempos”.

Shaq es un fanfarrón, un bocazas y alguien a quien siempre le ha gustado el show, hizo de ser el centro de atención su forma de relacionarse con el entorno, ya no de manera forzada si no desde una naturalidad que recuerda al niño inocente que no se comporta de otro modo porque sencillamente no sabe hacerlo. Cuando Shaq abría la boca subía el pan y los periodistas lo sabía, todos se apelotonaban a su alrededor sabedores de los titulares que sus declaraciones llevaban y siguen llevando en potencia. No obstante, en esta ocasión, como en tantas otras, su fanfarronería no ocultaba la realidad y, ciertamente, si por algo se le va a recordar en la NBA es por ser uno de los jugadores más dominantes de todos los tiempos. Porqué Shaq, bajo esa apariencia de niño grande con ganas de jugar, es más listo de lo que parece.

Shaquille O'Neal Orlando Magic

Ya en su primera temporada deslumbró al mundo confirmando lo que se esperaba de él tras el paso por su college en LSU, los Magic tuvieron la fortuna de poder elegirle en el número 1 del draft de 1992, un draft que contó con ilustres protagonistas como el musculado Alonzo Mourning, el incomprendido Christian Laettner, el inalterable Robert Horry o el gangsta Latrell Sprewell, cuya fama de problemático llegó a su máximo esplendor cuando cogió por el cuello a su entonces entrenador, Rick Pitino debido a unas supuestas diferencias de opiniones tácticas, según se dijo. Shaq en su primera temporada ya promedió 23,4 puntos, 13,9 rebotes y 3,5 tapones con un 56% de acierto en tiros de campo que le convirtieron automáticamente en uno de los mejores pívots de la competición. Y no era considerado el mejor por esa mentalidad que todos tenemos encima de que los jóvenes, por jóvenes todavía tienen mucho que aprender y que sí, que son muy prometedores y que son muy talentosos pero los veteranos más, esa especie de miedo a ser sustituido por una versión mejor y más joven de nosotros mismos fue la que en ese año no le llevó a levantar tal galardón metafórico.

Sus cuatro primeros años en la liga con los Magic fueron una muestra de quien dominaría la NBA en la próxima década, estadísticas monstruosas aparte, uno tenía la sensación que, como decía el gran Andrés Montes: Shaq hacía lo que quería, cuando quería y como le daba la gana. Esa sensación de dominio no te abandonaba en ningún momento del partido, “ahí va Shaq” pensaba cada vez que le veía recibir el balón cerca del aro, “lo va volver a hacer” me repetía y, efectivamente como si se tratara de una profecía, Shaq lo volvía a hacer. Indiferentemente de sus movimientos, sabías que el balón terminaría por entrar, quizás le harían una falta en el intento y se convertiría en un “and one” o, en el peor de los casos, algún pobre iluso se atrevería a hacerle una falta lo suficientemente dura para que no lograra anotar. Este fulano, que lo intentó bajo muchos nombres a lo largo de la carrera de O’Neal, vio como se le humillaba una y otra vez si Shaq estaba de humor para ello. El gigante entre gigantes parecía disponer de la llave del partido cada vez que se le antojara, la frustración de rivales e incluso compañeros era evidente, conocida era su mala relación con Kobe, quien no entendía porque se le daba tanto el balón a su compañero en vez de a él, que se creía la reencarnación de Michael Jordan. “Kobe” parecía que le decía Phill Jackson, quien fue su entrenador en los Lakers, “Tú serás uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, pero pasar el balón a O’Neal nos asegura victorias mientras que en las tuyas solo puntos”.

En su tercera temporada con los Magic, liderando una plantilla joven y atractiva cuyos miembros más ilustres eran el propio Shaq y Penny Hardaway, se presentaron con su descaro a la final de la NBA. Este dúo resultaba de un atractivo extremo en cuanto pisaba la cancha, la fuerza y el dominio de Shaq se unía la magia y la creatividad del que muchos consideraban el heredero natural de Magic Johnson, un talento descomunal unido a un físico power forwar le hicieron digno de esa comparativa, el maltrecho Penny, que vio cómo su carrera de desmoronaba por culpa de las lesiones era por entonces un prospect cuyo límite era el cielo. La final de 1995 enfrentó a los Orlando Magic contra los Houston Rockets de Hakeem Olajuwon, Clyde Drexler y Kenny Smith, entre otros. El resultado no pudo ser más desfavorable contra el equipo de O’Neal, ya que los Rockets se llevaron la eliminatoria por un apabullante 4-0, Shaq había sido vencido y superado por Olajuwon y este fue un momento que recordaría toda su carrera, ya que no cesó en el empeño de repetir que el pívot de origen nigeriano era el único que le merecía todo su respeto, es resto ya tal.

Recuerdo en una ocasión, observando un partido de formación, quedarme sorprendido por lo bien que jugaba un equipo junior y sin poder resistir la tentación de la curiosidad me dirigí al entrenador como quien pide explicaciones ante un hecho inexplicable. “Tus chicos juegan muy bien” me atrevía a preguntar, “¿cómo lo has hecho?”, “Perdiendo muchos partidos” me respondió. La grandeza de las finales del año 1995 para Shaq fue la de esas lecciones que no se pueden aprender a no ser que se experimenten en carne propia, fue completamente dominado y superado por otro jugador y se prometió a si mismo que esto no volvería a suceder jamás, y mantuvo su palabra. El año siguiente fue su última temporada en Orlando, las lesiones le castigarían una vez más ya que uno no puede soportar un físico titánico que se mueve como una bailarina sin tener algún que otro contratiempo en el camino, sería casi de injusticia divina que no fuera así. También se cruzó por su camino un tal Michael Jordan en las finales de la conferencia este, el jugador de los Bulls le dejó claro que todavía no era su momento y que, como aquel monarca que vuelve a reclamar su reino, la corona sería suya durante unos años más, “paciencia Shaq” parecía decirle, “ya llegará tu momento”.

Si Shaq era un titán, un héroe griego de la canasta, los tiros libres eran su talón de Aquiles. Sus porcentajes evolucionaron de malos, (un 59% en su primera temporada) a ridículos (46% en Miami), pasando por todo el abanico de porcentajes que nunca llegaron a superar el 62%, unos números propios no un jugador amateur sino de un mal jugador amateur. Recuerdo con desagrado la cantidad de información que los medios especializados nos transmitían sobre esta cuestión; al igual que ocurre hoy en día con Ben Simmons, cada verano Shaq había cambiado su mecánica y parecía que en los entrenamientos había dado con la “magic bullet” que le permitiría elevar sus porcentajes a unos más adecuados para un profesional, para posteriormente comprobar que había sido otra campaña de marketing y que el bueno de Shaq, seguía a lo suyo en su propia penitencia. Incluso se popularizó la estrategia llamada “Hack-a-Shaq” que consistía en darle duro a finales de partido para que fuera a la línea de los tiros libres una y otra vez con la esperanza de, al menos, que fallara uno de los dos para que el rival pudiera recortar diferencia en el marcador. Esta estrategia era tan mal vista como efectiva, por muchas críticas de la prensa que comportara se comprobó que a finales de partido funcionaba. Creo que, una vez más, para resumir esta cuestión deberíamos volver a las palabras del propio jugador cuando, harto de escuchar una y otra vez la misma pregunta sobre cuando mejoraría su porcentaje de tiros libres, dedicó media sonrisa a su interlocutor para afirmarle que era la manera que tenía Dios de decirle que nadie es perfecto, otra vez Shaq en su máxima esplendor.

Su etapa en los Lakers fue sin duda la más exitosa de su carrera, su relación de amor – odio con Kobe dio sus frutos en forma de anillo y la incorporación de Phil Jackson como entrenador aseguraba que nunca perderían el hambre de la victoria. Fue el Shaq de púrpura y oro el que dominó la liga, el que le arrebató las tierras a Michael por derecho propio, el que puso en su sitio a Kobe Bryant, que venía con ganas de comerse el mundo, pero no sabía ni cuáles eran sus límites, si es que los tuvo en algún momento. El dominio que demostró con los angelinos fue el que le catapultó a comparaciones hasta entonces obscenas, solo se conocía el caso de Wilt Chamberlain quien pertenecía a una época donde la magia existía y las estadísticas sobrenaturales se daban noche tras noche, muestra de ello fueron sus 100 puntos en un partido o los 50 rebotes por partido que promedió en aquella tierra prometida, incluso las reglas de la NBA se fueron adaptando a su dominio para intentar aplacar, con poco éxito sea dicho de paso, aquella fuerza de la naturaleza. Shaq dominó en todos los aspectos que uno pueda imaginar, puntos, rebotes, tapones, títulos, etc… su único rival fue él mismo, muchos periodistas criticaban su baja forma física o el volumen circular de su cadera al finalizar la vacaciones, Shaq respondía siempre con una sonrisa mientras volvía a dominar la liga. Quizás otra anécdota que podemos rescatar y que habla tanto del carácter como de su dominio tiene como protagonista la selección estadounidense de baloncesto, en un momento donde se perdían partidos por no llevar a las mejores piezas, alguien le preguntó a O’Neal sobre su presencia en los próximos Juegos Olímpicos, su respuesta no dejó a nadie indiferente: “Solo iré si va Phill Jackson para asegurarme personalmente que no se pierde ni un partido”.

Conocida era su buena relación con el entrenador angelino y, fuera de la fanfarronería que nos tienen acostumbrados los jugadores de élite, estas palabras eran extremadamente certeras. Seguramente ni tan siquiera conocía al 90% de sus rivales internacionales y le daba absolutamente igual, era conocedor de su dominio y sabedor que lo podría aplicar delante de cualquier otro jugador del planeta sin dificultad alguna.

En un último término siempre me parece que las comparaciones entre épocas son injustas, creo que se suelen hacer desde el desconocimiento pueril o, en el mejor de los casos ingenuo. Para mí son dos unidades heterogéneas, simplemente no se pueden comparar, no sé si Chamberlain fue más dominante que Shaq o al revés, incluso si hubiera visto todos los partidos del primero creo que las épocas deberían funcionar como “entes” independientes ya que, al no ser así, podríamos caer en falsos dilemas que suelen estar muy de moda hoy en día, como por ejemplo afirmar que Jordan es superior a Lebron. No obstante, y a modo de conclusión, me gustaría volver al inicio donde venían a mí recuerdos de cómo veía embobado a Shaq haciendo lo que le daba la gana sobre una cancha de baloncesto y me preguntaba si en algún sitio y en algún lugar había existido alguien que dominara más que él.

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