Durante décadas, el sábado de All Star era sinónimo de cita obligada frente a la televisión, en gran parte por el concurso de mates. Nació en 1984 con Larry Nance como primer campeón, pero se convirtió en religión con figuras como Dominique Wilkins y Michael Jordan, que transformaron un simple mate en un espectáculo de personaje, narrativa y desafío físico. El punto de no retorno llegó en 1988: Jordan contra Wilkins, Chicago en pie y el mítico vuelo desde la línea de tiros libres que sigue siendo el plano general de cualquier vídeo sobre la historia del concurso.
A partir de ahí, cada era dejó su propio sello. Spud Webb, con 1,70m redefiniendo lo que significaba ser pequeño en la liga. Kobe Bryant, adolescente, usando el concurso de 1997 como carta de presentación mundial. Después llegó el 2000, la noche en la que Vince Carter cerró el círculo y, para muchos, elevó tanto el listón que nadie volvió a tocarlo: el 360 windmill, el brazo dentro del aro y ese gesto mirando a la cámara que decía sin palabras: “se acabó, esto es otra cosa”. A inicios de los 2000, Jason Richardson se dedicó a inventar ángulos imposibles entre las piernas y en reverso, manteniendo viva la sensación de que todavía quedaban trucos nuevos por descubrir.
Cuando el formato parecía agotado, otra generación lo rescató. Zach LaVine y Aaron Gordon firmaron en 2016 lo que muchos consideran el mejor duelo de la historia: dunk desde la línea casi de triple, pasando el balón por debajo de las piernas, saltando sobre la mascota en giros imposibles, encadenando creatividad y limpieza técnica sin apenas intentos fallidos. Era la actualización perfecta para la era de las redes sociales: cada acrobacia era un clip viral instantáneo. Incluso en años menos brillantes, siempre había al menos un gesto icónico por rescatar.
Más recientemente, el propio concurso se agarró a un perfil inesperado: Mac McClung. Sin estatus de estrella ni minutos serios en la rotación, encadenó tres títulos consecutivos entre 2023 y 2025 con una mezcla de potencia, hang time y coreografías milimétricas que devolvieron por un momento la sensación de evento. Sus actuaciones fueron tan espectaculares que el único “pero” que se le ponía era extradeportivo: que el héroe del All Star fuese un jugador sin grandes repercusiones a lo largo de la temporada regular, síntoma de que las grandes figuras seguían sin querer entrar.
Y entonces llegó 2026, el año en que el concurso tocó fondo y la nostalgia dejó de ser un recurso para convertirse en arma arrojadiza. Keshad Johnson, de Miami, se llevó el título, pero lo más recordado no fueron sus mates, sino su baile de celebración, una metáfora involuntaria de un show donde todo parece más importante que el propio nivel de los intentos. Hubo solo un 50 en toda la noche y, aun así, ni siquiera ese mate consiguió instalarse en la memoria colectiva; errores en los intentos clave, prisas en las últimas ejecuciones y una sensación permanente de improvisación pobre marcaron la noche.
El veredicto fue inmediato y brutal: “basura”, “absoluto desastre”, “cancelad el concurso para siempre”, se repetía en redes sociales mientras se disparaban los hilos preguntando si esta fue la peor participación de la historia. Medios estadounidenses hablaron abiertamente de “embarrassing display” y se multiplicaron las voces que pedían enviar definitivamente al Slam Dunk Contest al fondo del cajón, o relegar a un papel secundario por detrás del concurso de triples, que sí mantiene un nivel competitivo estable.
Lo que antes era un escenario reservado a súper atletas con aura de estrella se ha convertido en una cita donde las figuras miran hacia otro lado, los participantes se parecen más a especialistas anónimos que a iconos globales y la creatividad ha sido sustituida por un abuso de props y mates reciclados. El contraste con las eras de Jordan, Vince o LaVine–Gordon no es sólo técnico, es emocional: antes el concurso generaba debates durante años, hoy genera memes durante horas. Tal vez el problema no sea que “ya se han hecho todos los mates”, como sostienen algunos analistas, sino que ya no hay nadie dispuesto a arriesgar su prestigio para intentarlo.
El 2026 no solo ha sido un mal concurso: ha sido la confirmación de que el Slam Dunk Contest ha perdido lo más valioso que tenía, la sensación de que cualquier cosa podía pasar. Y cuando la imaginación se va del espectáculo, lo que queda es exactamente lo que vimos este año: un recuerdo doloroso de lo que una vez fue una noche sagrada en el calendario NBA.
Ficha del autor
Periodismo UMA / Nadador Club Mediterráneo Málaga
En 'Tiempo de Basket' desde el 07.02.2022











