Historias de las finales (II)

Boston, años 80. La ciudad vive tiempos agitados con los Celtics inmersos en las finales de la NBA. Además se ve sacudida por un escándalo que destapa la prensa ‘sensacionalista’. La estrella de los Celtics, una persona de su círculo más íntimo y su compañero Quinn Buckner, se ven envueltos en una pelea que la franquicia de Boston y el propio jugador tratan de ocultar.

VI. BOSTON CONFIDENTIAL, EL LADO OSCURO DE LARRY BIRD

Esto que podría ser la sinopsis de una película, haciendo una mala versión por mi parte del film de Curtis Hanson, L.A. Confidential, ocurrió en realidad en vísperas de una de las finales de la saga Celtics-Lakers que tuvieron lugar en la década de los 80. En medio de las finales de conferencia entre Celtics y Sixers. El 16 de mayo de 1985, Larry Bird se vio involucrado en una pelea que comenzó en un bar ahora desaparecido llamado Chelsea’s y se extendió hasta la esquina de State Street y Merchant’s Row. Después del altercado, Mike Harlow, un camarero y exjugador de football en la universidad de Colgate, afirmó que Bird le dio un puñetazo. Nick Harris, la persona que acompañaba esa noche a Larry Bird y a Quinn Buckner la noche del incidente, fue atendido en la sala de emergencias del Hospital General de Massachusetts.

Un testigo ocular que pidió permanecer en el anonimato dijo: «No sé qué pasó allí adentro, pero cuando salieron a la calle, la discusión ya había comenzado. Luego, Larry Bird golpeó a aquel hombre en la cara «. Cuando se le preguntó si estaba seguro de que era Bird, el testigo dijo: «Alguien de ese tamaño no se confunde. Llevaba una gorra de béisbol con una insignia y una chaquetilla de calentamiento de los Celtics”.

Los Celtics le dijeron a Bird que se mantuviera alejado de Nick Harris, el presunto culpable de que se originara la pelea. Según el Boston Herald, Harris (entonces un vendedor de coches de segunda mano) había sido condenado anteriormente por vender drogas, falsear cuentakilómetros y contabilidad fraudulenta. Los Celtics no querían que Bird tuviera ninguna relación con este individuo, e incluso le solicitaron a la policía estatal de Massachusetts que realizara una verificación de sus antecedentes (la franquicia de Massachusetts siempre lo negó, pero este hecho fue confirmado por la propia policía estatal). Desde la franquicia se instó a Larry que terminara su amistad con Harris pero se negó. Bob Woolf literalmente suplicó a las amistades más cercanas de Bird que le convencieran para que siguiera las recomendaciones de los Celtics. Después de las finales, Bird reconsideró su postura y dejó de tener trato con Nick Harris.

Ninguna de las partes implicadas volvió a hablar de aquello. En ninguna de las biografías en las que Bird participó, tanto la de Jackie McMullan como la de Bob Ryan, se mencionó este incidente. El Dr. Thomas Silva, médico del equipo de los Celtics examinó el estado de la mano de Larry Bird, que no podía cerrar su puño como consecuencia de un traumatismo. En el siguiente partido contra los Sixers se podía apreciar el dedo índice del alero de Indiana anormalmente hinchado.

«Hasta donde yo sé, no pasó nada», declaro el general manager de los Celtics Jan Volk. «Es sólo un rumor. Sus problemas vienen por un golpe en el tercer partido de las series contra los Sixers» afirmaba en la previa del comienzo de las finales. Pero Mike Harlow contradecía a Volk: “Aquello sucedió. Me dio un puñetazo en la mandíbula” . Las dudas sobre la veracidad del incidente quedaban en el aire. Lo que sí se pudo constatar es que antes de aquella noche, los porcentajes de tiro de Larry Bird estaban en un 48,5% de acierto, y en los 8 partidos posteriores (dos de las finales de conferencia y seis de la final) su eficacia bajó al 41,7%, así como promedio de anotación cayó de 28,8 a 21,8 puntos por partido.

Tras haber ganado a los Lakers una de las finales más apasionantes de todos los tiempos el año anterior, los Celtics comenzaban con buen pie en su intención de reeditar el título de campeón. En el denominado Memorial Day Massacre borraron a los Lakers del mapa por un contundente 148-114, Larry Bird pasaba desapercibido en un ejercicio de excelencia colectiva. En el segundo partido era de los pocos jugadores que se salvaba del suspenso general, anotando 30 puntos y capturando 12 rebotes en la derrota 102-109 que dejaba la final en tablas (1-1). Boston volvería a caer derrotado, esta vez en Los Angeles por un contundente 136-111, y muchas de las críticas a los Celtics se personificaban en la figura de su líder y estrella, que atravesaba una preocupante falta de efectividad. “Quizás no estoy trabajando lo suficiente en los entrenamientos” declaraba el propio Larry Bird.

Bird ayudaba a su equipo a despertar en el cuarto partido y olvidaba su mala racha de tiro para empatar la serie, un espejismo que duraría el tiempo que necesitó Michael Cooper para volver a ponerle en dificultades en el siguiente encuentro. «Cooper siempre hace un buen trabajo sobre mí» alababa Bird al escolta de los Lakers después de perder un partido que les dejaba al borde del abismo. Los Celtics necesitaban de su líder para mantener la racha victoriosa ante los Lakers en unas finales, y Bird no rehuyó la responsabilidad. Lo intentó pero una vez más no estuvo acertado de cara al aro, fallando 17 de sus 29 lanzamientos. Por primera vez en la historia ,tras 8 enfrentamientos, los Lakers derrotaban en unas finales a sus sempiternos verdugos. En los días previos Bird se había quejado de un problema en el codo.

Desde la prensa se hizo alusión a que la actuación de Bird no estuvo a la altura del nivel de MVP de su temporada regular. Según avanzaban las semanas posteriores a la final, se especuló con la posibilidad de que el pobre porcentaje de Larry Bird estuviera relacionado con el incidente del Chelsea’s bar. Muchos aficionados encontraron así la justificación perfecta para poder asimilar el trago de haber encajado una derrota ante un rival al que habían derrotado siempre. Pero la realidad nos dice que la derrota tuvo que ver más con los pésimos porcentajes de Dennis Johnson o Danny Ainge, y los problemas de rodilla de Cedric Maxwell.

Volviendo al famoso asunto de la pelea, el representante de Mike Harlow, Kevin Glynn, de la firma Cooley Mannion Moore & Jones, se reunió con Bob Woolf, abogado de Larry Bird, no hubo ninguna denuncia penal, sino que buscaban un acuerdo extra judicial. También se presentó una tercera parte, una mujer que declaraba haber sido víctima en aquel incidente al ser agredida por Larry Bird.

Aunque en un principio la reunión se pospuso hasta que el abogado de Bird recabara toda la información de los testimonios de Bird, Buckner, Harris y algún testigo más, el propio Bob Woolf anunció en noviembre de 1985 la firma de un acuerdo satisfactorio para todas las partes que incluía una cláusula de confidencialidad, por la cual ninguna de las personas afectadas podía declarar públicamente nada sobre aquel asunto. Según diversas informaciones de los diarios de Boston, el acuerdo se cerró en torno a una cantidad que oscilaba entre los $15.000 y $21.000 que Larry Bird indemnizó a Harlow y a aquella mujer misteriosa. Esa misma semana en una entrevista al diario Worcester Telegram reconoció que él había sido el culpable de la pelea:

“Fue mi culpa. No es fácil ser Larry Bird. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Lo único bueno de todo esto es que tal vez la gente finalmente entienda que soy humano. Cometo y he cometido muchos errores. Me gusta beber cerveza y salir y pasar un buen rato, soy una persona normal y corriente «.

Con el paso de los años siguen todavía muchos interrogantes en el aire ¿Quién era Nick Harris? ¿Dónde está hoy Mike Harlow? ¿Qué tiene que decir Quinn Buckner sobre esto? ¿Es justo que muchos de los aficionados le culpen de la derrota de los Celtics en las finales?. Estas interrogantes probablemente no podrían haber sobrevivido al paso del tiempo en una época como la actual, en la que tener un documento sonoro y visual, está al alcance de algo tan común como un dispositivo móvil, y más aún cuando se trata de un personaje tan popular. Y es que la vida de muchas de las estrellas que en un tiempo eran inalcanzables por la distancia y por la falta de información, han sido excesivamente idealizadas y están lejos de ser tan perfectas como las habíamos imaginado.

Pat Riley Wade Heat 2006

VII. GESTIONANDO EMOCIONES

Los Dallas Mavericks sufrieron una derrota devastadora derrota ante Miami Heat en las Finales de 2006, después de que desperdiciaran una ventaja de 2-0 en la serie para perder de forma consecutiva los cuatro partidos siguientes.

Mark Cuban el extravagante dueño de los Mavericks, estaba exultante y veía cerca la posibilidad de conquistar título de campeón, puede que lo viera ‘demasiado cerca’. La ansiedad de este propietario cuyo comportamiento era más propio de un aficionado que el del estereotipo de un propietario de una franquicia, le llevó la tomar alguna decisión precipitada.

La euforia se desató en la ciudad tejana y el Dallas Morning News desvelaba en su edición del día siguiente los detalles del plan oficial de Mark Cuban para los festejos del campeonato. Nadie en el seno de la plantilla y de la franquicia de los Mavericks albergaba la más mínima duda de que podían ganar no sólo un partido en Miami, sino dos de los 3 encuentros que deberían disputar a domicilio. Los jugadores de los Mavs no estaban realizando un ejercicio de soberbia, pero si estaban confiados de que eso es lo que iba a suceder.

Sin embargo que aquellos festejos preparados por Cuban en caso de victoria vieran la luz pública fue un exceso de confianza y un error de cálculo por parte de Cuban una boya a la que un equipo como los Heat pudiera agarrarse en medio del océano cuando sus argumentos dentro de la cancha no se lo habían permitido. Cuban subestimó la capacidad de Pat Riley como motivador y le ofreció en bandeja la excusa perfecta para retorcer las pasiones más profundas de sus jugadores.

Como gran titiritero, Riley empezó a manejar los hilos para intentar sacar un poco de energía extra de sus jugadores. Al regresar a Miami escribió en una pizarra: 20/06/16.

«Todos nos preguntamos qué significado tenía aquella fecha. Riley lo subrayó en la pizarra mientras nos decía ‘Es la fecha del sexto partido, es el primer día en el que podemos ser campeones» ERIK SPOELSTRA, asistente de Pat Riley

Para Riley era importante que pudieran visionar el objetivo final, que tuvieran una asociación con un objeto del plano físico, y dejó la pizarra a modo de recordatorio. Junto a la fecha, se colocó en la pizarra una copia del artículo del Morning News con la ruta de la celebración del campeonato de los Mavericks. Fue una pequeña sacudida, un ligero movimiento sísmico en el interior de cada jugador de la plantilla.

«Sabíamos que no habíamos jugado bien, pero todavía teníamos tres partidos en casa, donde rendimos muy bien durante todos los playoffs. Nos dolió que nos descartaran tan pronto» ALONZO MOURNING, pívot de Miami

Sin embargo, ni una pequeña fracción de la rabia acumulada por los jugadores de los Heat se vio sobre la cancha durante los 3 primeros cuartos del tercer partido. Los Mavericks endosaron un parcial de 16-34 en el tercer cuarto, para colocarse con una ventaja de 9 puntos (68-77) a falta de 12 minutos. Esta ventaja aumentó hasta los 13 puntos (76-89) a falta de 6:34. Pat Riley pidió tiempo y dibujó en su pizarra THIS IS THE SEASON.

«Solicité un tiempo y vi a los jugadores y miembros del staff técnico de los Mavericks celebrar y chocar las manos entre sí. No había mucho que pudiera decir en referencia al juego que nos hiciera cambiar de forma drástica y urgente, así que escribí aquellas palabras para que fueran conscientes de lo que significaba aquel momento. Dwayne se levantó y dijo ‘así no va a acabar nuestra temporada». PAT RILEY

Wade salió a jugar poseído, con la determinación de cambiar la deriva del partido. En anteriores temporadas había dado muestras de su carácter competitivo, pero en los seis minutos que restaban, salió dispuesto a dejar su huella en la serie. Dominó en ambos lados de la cancha. En defensa interceptó balones, reboteo, puso tapones, tapó líneas de pase, hizo ayudas. En ataque protagonizó prácticamente todas y cada una de las jugadas de Miami. Anotó suspensiones, castigó con faltas a sus defensores, hizo incursiones en terreno hostil acaparando la atención de la defensa de Dallas sobre él. Como diría Spoelstra varios años después, ‘no puedes encontrar más de cinco jugadores capaces de impactar de esa manera en ambos lados de la cancha’.

«Durante todo el partido sentí que éramos mejor equipo que ellos, estábamos confiados de lograr el triunfo. Luego Dwayne Wade se hizo cargo del partido». DESAGANA DIOP, pívot de Dallas.

El cuarto partido no tuvo historia. Dallas no pudo recuperarse del mazazo que supuso para ellos la derrota en el tercer partido y perdieron por 98-74. Las dinámicas cambiaron, el semblante de los jugadores de Dallas y la forma de interactuar entre ellos no era el mismo que el de los dos primeros partidos. Los mismos jugadores que tenían una confianza ilimitada en sus posibilidades, empezaban a dudar y sus rivales podían notar la tensión que había entre ellos. Uno de los principales síntomas de las dudas de Dallas fue el cambio en el diseño del quinteto titular que realizó Avery Johnson en el cuarto partido. El técnico de Dallas sustituyó a Adrian Griffin por Devin Harris buscando mayor potencial ofensivo. Fue un cambio apresurado que quizás no influyó en la derrota, pero enviaba una señal inequívoca, de repente los Mavericks no confiaban en todo lo que les había dado resultado hasta ese momento. Pero el mayor problema para Dallas fuera de sus propias inseguridades tenía nombre propio, Dwayne Wade. El escolta de los Heat anotó 36 puntos y se mostró poco menos que imparable para la defensa de los Mavericks.

En otro intento desesperado por volver a retomar el control, los Mavericks cambiaron de hotel tras el cuarto partido, y se desplazaron hasta Fort Lauderdale, a 45 minutos de Miami. Avery Johnson justificó esta decisión escudándose en que el equipo tenía muchas distracciones con muchos familiares alojados en el hotel. El equipo se aisló, pero fue una medida traumática y probablemente su técnico no midió bien el impacto que tendría en el equipo.

«Avery perdió el control por completo. En el autobús después del partido anunció que nos mudábamos a otro hotel, fue una decisión tomada en caliente. Estaba gritando ‘hay demasiadas distracciones». DIRK NOWITZKI, alero de los Mavericks.

La medida no fue muy bien aceptada por parte de la plantilla, ya que se veía como un ataque a su profesionalidad. Algunos miembros de la plantilla salieron a cenar por South Beach con sus parejas, pero tras la cena todos acabaron a una hora prudente en el hotel. Probablemente en otro contexto no se habría visto como algo anormal, pero la forma en cómo se produjo la derrota en el tercer partido marcó el resto de la serie. Algunos periódicos de Dallas se hicieron eco de los rumores que circulaban acerca de las salidas nocturnas de los jugadores de Dallas, algo que Del Harris, miembro del staff técnico de los Mavericks se encargó de desmentir 10 años después.

«No había nada de cierto en aquellos comentarios malintencionados. Nunca se quebrantó ninguna norma relativa a la disciplina del equipo. Un día estábamos jugando en Miami, y al día siguiente estábamos encerrados en Fort Lauderdale. No creo que fuera la mejor decisión» DEL HARRIS, asistente de Avery Johnson.

El técnico de los Mavs esperaba que el cambio de hotel invirtiera la tendencia negativa de su equipo, pero lo cierto es que todo aquello no tuvo ninguna influencia, ni positiva, ni negativa. Lo que decidió el partido fueron las consecuencias de las acciones de los jugadores sobre la pista.. y alguna decisión arbitral. Los Heat ganaron el quinto partido con un final no exento de polémica que provocó la ira de Mark Cuban, sentado al lado del banquillo de los Mavericks, mientras soltaba bilis por su boca. Fuera de sí lanzaba ofensas contra Wade y contra el comisionado de la NBA mientras le clavaba su mirada. Su comportamiento contrastaba con el de Mickey Arison su homónimo en los Heat, pero era así para lo bueno y para lo malo. Sin su forma extravagante de hacer las cosas es difícil que el proyecto de los Mavericks se hubiera asentado entre los mejores de la década.

«Todos conocemos a Mark y su forma de ser. Pero hoy ha sido irrespetuoso. No puedes meterte con un joven valor de la liga y faltarle al respeto. Dwayne se ha ganado cada ocasión que ha ido a la línea de los tiros libres, fue agresivo y llevó a sus defensores al aro, les puso al límite en todo momento» PAT RILEY.

Riley dio una vuelta de tuerca más en su propósito de inducir la cantidad necesaria de motivación en sus jugadores, transfieriéndoles parte de su gen competitivo. Lo traía de serie cuando jugaba para Adolph Rupp en Kentucky, o cuando desarrolló su carrera profesional como un jugador de rol dispuesto a hacer cualquier cosa para ganarse los minutos de juego. Como entrenador también transmitió esa mentalidad en los Lakers de los 80 y más tarde en los Knicks. Esa exigencia más allá del límite de los jugadores le había reportado buenos resultados, aunque los finales de ciclo siempre fueran traumáticos. Riley quiso transmitir la idea de que sólo quedaba un encuentro por jugarse, quiso quitar la red de seguridad y lo planteó como si fuera una final a un solo partido. Estaba convencido de que la tentación de pensar que todavía había una posibilidad de un séptimo encuentro les abocaría a una derrota segura.

Ordenó a todos los componentes del grupo que llevara equipaje para un sólo partido, no necesitarían más. Hablaba muy en serio. En el aeropuerto revisó todos los equipajes, separó a un miembro del equipo (no pertenecía ni a la plantilla ni al staff técnico) que no siguió al pie de la letra sus instrucciones, y le compró un billete para cogiera un vuelo comercial a Dallas en lugar de viajar con el resto de la expedición. ¡Tan sólo porque se había llevado dos trajes!.

«El puto Pat Riley nos avisó de que eso iba a suceder. No era sádico ni perverso, era diferente, quería que tuviéramos una energía mental tan intensa, que no dudáramos ni por un instante de que lo íbamos a conseguir». SHAQUILLE O’NEAL, pívot de Miami.

Miami volvió a imponerse en otro final apretado y con polémica, consiguiendo así el primer título de su historia. No hace falta explicar que hubo multitud de factores decisivos que decantaron la balanza a favor de los Heat (la explosiva actuación de Wade, decisiones puntuales del trío arbitral, la dirección de Avery Johnson…) pero no cabe duda de que una vez más la capacidad de Riley de gestionar las emociones de sus jugadores pesó bastante en el resultado final.

VIII. A 14 SEGUNDOS DE LA ETERNIDAD

Sólo ha habido un equipo en la historia de las finales capaz de levantar un 3-1 adverso. Fueron los Cleveland Cavaliers en 2016. Hasta el día de hoy es un gesta que no ha podido ser igualada, pero 65 años antes hubo un equipo que estuvo a punto de culminar una gesta mayor aún: levantar un 3-0. Se quedaron a un puñado de segundos de lograrlo, y los nombres de aquellos, para la mayoría de los aficionados, desconocidos han caído en el anonimato. Además la derrota en las finales supondría la primera de tres derrotas consecutivas en las finales, una ante los Royals (51) y dos ante los Lakers (52 y 53). Hablamos de una franquicia histórica, New York Knicks.

Con un equipo inexperto (la edad media de la plantilla no llegaba a los 25 años) los Knicks dieron la sorpresa colándose en la final eliminando a los Celtics y a los Syracuse Nationals. La desaparición de la franquicia de los Chicago Stags, les dio la oportunidad de hacerse con los servicios de Max Zaslofsky, en un extraño sorteo en el que Ned Irish propietario de los Knicks tuvo la oportunidad de elegir a Bob Cousy, un rookie procedente de Holly Cross. En su lugar eligió a Zaslofsky, uno de los mejores anotadores de la competición.

Nadie esperaba que aquellos Knicks pudieran llegar hasta la final, teniendo en cuenta que tenían la media de estatura más baja de la competición, sin embargo lo consiguieron. Para las fechas en las que se disputaba la final, el Madison Square Garden estaba reservado para otros eventos dando por hecho que los Knickerbockers estarían ya de vacaciones. La cobertura de la final por parte de los medios escritos de New York fue casi nula. Las populares columnas del New York Times, Sports of the Times de Arthur Daley, apenas dedicaban una media docena de líneas a este evento en el mejor de los casos.

El primer partido de la final siguiendo los pronósticos iniciales cayeron del lado de los Royals. Los Knicks no tenían un juego interior potente para hacer oposición en la zona a los jugadores de Rochester. El partido fue un paseo para los Royals (92-65), con Arnie Risen jugando a placer, sin que Nat ‘Sweetwater’ Clifton (uno de los primeros jugadores negros de la liga) pudiera hacer nada para detenerle. ‘Sweetwater’ fue sin duda, el más exitoso de los primeros jugadores de raza negra que debutaron en aquella temporada 50-51. Tenía una buen manejo de balón para su altura y estaba considerado un gran defensor, pero no tenía demasiada facilidad para ver el aro. Por eso muchos de sus minutos iban en beneficio de Vince Boryla. Arnie Risen en los Royals hizo un doble-doble (24+15) y Bobby Wanzer rozó el triple doble (19+12+9). “Solo los Royals parecen ser merecedores de estar en las finales” sentenciaba de forma muy dura el reportero del New York Times.

El segundo encuentro siguió la misma tónica, aunque la diferencia en esta ocasión no fue tan abultada. Los Royals vencieron por 99-84, gracias a un parcial de 19-7 en los últimos minutos, y arrasaron a sus rivales en ambas zonas (71 rebotes de los Royals por 46 de los Knicks). Bob Davies (24 pts) penetraba por la zona de los Knicks como si fuera un cuchillo cortando mantequilla, Risen se iba a los vestuarios con otro doble-doble (19+14) y Jack Coleman dejaba en evidencia todos sus pares (14+28). Sólo Harry Gallatin en los Knicks (15+17) y Max Zaslofski (28 pts) oponían algo de resistencia.”Max es un gran jugador y una gran anotador, lo malo es que los Royals tienen unos cuantos también” hablaba así Lapchick del infructuoso esfuerzo de Zaslofski.

La final viajaba a New York con un 2-0 en contra de los Knicks. Otro de los hándicaps era la no disponibilidad del Madison Square Garden, por lo que la sede de la final en New York se trasladaba al 69th Regiment Armory, un edificio histórico cuya construcción data del año 1906 y que albergaba una brigada de irlandeses-estadounidenses. Entre 1946 y 1960 el edificio acogió partidos de los Knicks cuando el Madison Square Garden no estaba disponible. Un lugar icónico para los aficionados longevos de los Knicks.

Los Knicks consiguieron detener la sangría reboteadora y pudieron competir de tú a tú con los Royals con una gran juego colectivo, pero Harry Gallatin, uno de sus mejores hombres falló sus once lanzamientos a canasta. El nulo acierto de Gallatin era aún más chocante porque era uno de los hombres con mayor efectividad de la liga. ‘Harry the horse’ como era apodado, fue uno de los jugadores más dedicados a la franquicia de los Knicks. Su lucha y entrega le llevó a disputar varios partidos en condiciones precarias (lesionado y con procesos febriles). En su dilatada trayectoria en los Knicks disputó 610 de los 618 partidos posibles. El mal partido de Gallatin fue un lastre demasiado grande para poder ganar el encuentro. Los Knicks cayeron en el último cuarto por un ajustado 71-78. Arnie Risen nuevamente sembró el terror en la zona rival (27+18) apoyado en la gran dirección de juego de Bob Davies y su gran acierto en los tiros libres en los minutos finales. Estos dos jugadores eran las dos grandes estrellas de los Royals y se acabarían convirtiendo en los verdugos de los Knicks. Risen era un de los mejores centers de la competición y Davies apodado el Houdini de Harrisbourg, podía mirar cara a cara a cualquier base de la liga.

Si la atención que recibían los Knicks desde New York era escasa, tras el 3-0, todos lod medios de la Gran Manzana dieron la serie como finiquitada. Pero en el ánimo de Joe Lapchick, entrenador de los Knicks, no estaba tirar la toalla. Lapchick, ganador en dos ocasiones del NIT con la universidad de St.John’s estableció el estándar de exigencia en unos Knicks cuyas desventaja física era evidente. Su capacidad para convencer a los jugadores llegaba al extremo de que Harry Gallatin dijera en el libro de Dennis D’Agostino, GARDEN GLORY, an oral story of the New York Knicks, que ‘es el tipo de persona por el que atravesarías una pared de ladrillos”. Lapchick tomó una decisión difícil que cambiaría la dinámica de la serie: sustituiría a su base titular Dick McGuire por Ernest Maurice Vandeweghe senior, más conocido como Ernie Vandeweghe, padre del jugador de los Nuggets, Blazers y Knicks entre otros, Kiki Vandeweghe. Lapchick no estaba muy contento con la tendencia de su base titular de no mirar el aro.

Paradójicamente su altruismo estaba siendo utilizado en su contra pos sus rivales para flotarle y reducir espacios al resto de sus compañeros. No fue una decisión fácil de asumir por McGuire, considerado uno de los mejores manejadores de balón de su época y un gran pasador. McGuire era todo un icono de la franquicia por lo que la decisión de dejarle en el banquillo de inicio generó bastante controversia. “Todos en la franquicia hemos intentado que Dick lance más a canasta, y su propia fantasía y generosidad han terminado por perjudicarle en ocasiones” se justificaba Joe Lapchick.

Los Knicks salieron con otros aires a la cancha y llegaron a disponer de una ventaja de 17 puntos en el segundo cuarto. Esa ventaja se fue desvaneciendo poco a poco en la segunda parte e incluso los Royals dieron la vuelta al marcador para colocarse 6 puntos arriba. Todo parecía perdido, pero al igual que en las finales de división ante los Nationals, en la que remontaron 12 puntos en el último cuarto del partido decisivo, los Knicks sacaron fuerzas de flaqueza y lograron derrotar a su rival al endosarle un parcial de 20-8 en los últimos minutos. Los Knicks volvieron a equilibrar el rebote, y esta vez el juego interior de los Knicks superó al de los Royals. La pareja Gallatin-Clifton se combinó para un total de 36 puntos y 31 rebotes. Arnie Risen volvió a ser el mejor de su equipo (26+20) y Bob Davies a pesar de sus 15 puntos estuvo muy precipitado en el tramo final perdiendo varios balones y fallando algunos lanzamientos. Los Knicks habían salvado el primer match-ball.

Sin nada que perder, los Knicks se presentaban de nuevo en Rochester, dispuestos a fastidiar la celebración de los Royals, aunque los precedentes no eran nada halagüeños: los Knicks llevaban tres años y once partidos sin ganar en Rochester. Durante la primera mitad, la igualdad presidió el encuentro. Los Royals parecían haber encontrado el camino a la victoria cuando lograron acumular una renta de 10 puntos en el tercer cuarto, pero a partir de ese momento surgió la figura de Connie Simmons, un jugador experimentado en esas lides que ya sabía lo que era ganar un campeonato con los Baltimore Bullets. Simmons dio un clinic de lanzamientos y de ganchos, anotando 13 de sus 26 puntos en el último cuarto. Zaslofsky (24 pts) acompañó en la anotación a Simmons. Una de las claves del encuentro fue la acumulación de faltas de Arnie Risen, que no fue protegido por su entrenador y le mantuvo en cancha. Como consecuencia de esto, Risen no pudo emplearse en defensa como lo haría habitualmente. De esta circunstancia se aprovecharon los hombres de Lapchick. Risen no pudo acabar el partido sobre la cancha, siendo expulsado por faltas personales. Zaslofsky con un 2+1, sentenció el partido a favor de los Knicks (89-92). Risen de nuevo fue el mejor de su equipo con 26 puntos y 14 rebotes. El resto del quinteto titular de los Royals rindió a buen nivel, pero el banquillo de los Knicks marcó la diferencia.

De vuelta a New York los jugadores de los Knicks se encontraban llenos de confianza. Ernie Vandeweghe que estaba mostrando un gran nivel de juego desde que Lapchick le diera el mando del equipo, no falló a la confianza depositada por su entrenador en él y respondió con 18 puntos y un gran acierto en el tiro (7/10). A pesar de perder otra vez la lucha por el rebote, en esta ocasión los neoyorquinos estuvieron más acertados que sus rivales de cara al aro y se impusieron a sus rivales por 80-73. Zaslofsky fue de nuevo el máximo anotador de los Knicks con 23 pts. El escolta de los Knicks llegaba en un momento de forma dulce al momento más determinante de la temporada justificando así su salario de $12.000 anuales. Durante la regular season ‘The brownsville boy’ fue duramente criticado pero los Knicks se hicieron con sus servicios para jugar partidos de estas características. Tras los 6 puntos del primer partido, su secuencia de anotación fue de 28, 18, 18, 24 y 23 puntos. Todo ello dentro del contexto de una competición sin reloj de posesión. Por los Royals Risen jugó su peor partido de la serie con 12 pts y 6 reb. Sólamente Arnie Johnson (27+15) estuvo a la altura de las circunstancias entre los hombres de Les Harrison. Era la primera vez (y única en la historia) que un equipo que estaba con una desventaja de 3-0, forzaba el séptimo partido.

El 21 de abril de 1951, sería el día en el que se decidiría el sucesor al título de los Minneapolis Lakers, vigentes campeones. El Edgerton Park Sports de Rochester sería la sede de uno de los 5 mejores séptimos partidos en la historia de las finales según USA Today. Una victoria de los Knicks les otorgaría un sitio a perpetuidad en el Olimpo, por la gran gesta de remontar un 3-0 adverso. Sin embargo, las cosas no empezaron bien para los Knicks. Rochester, amparado en sus dos mejores jugadores Arnie Risen y Bob Davies acumulaba ventajas superiores a los 10 puntos (32-18). Los Knicks gracias a Vince Boryla y Max Zaslofski recortaban la diferencia al descanso (40-34).

La inquebrantable fé de los hombres de Joe Lapchick les llevaba a empatar el partido a falta de 4 minutos (69-69), e incluso a ponerse por delante (70-71). Risen forzaba la eliminación de ‘Sweetwater Clifton’ pero una canasta de Harry Gallatin ponía en ventaja otra vez a los Knicks (72-74). Max Zaslofski poco antes de entrar en el último minuto perdió un balón a manos de Bob Davies cuando tenían la oportunidad ampliar la ventaja. Risen de nuevo forzó una falta y una nueva eliminación, esta vez la de Connie Simmons. Anotó los dos tiros libres y ganó el salto posterior para los Royals. Hay que aclarar que según la normativa vigente, en los dos últimos minutos de partido se lanzaba un salto entre dos después del lanzamiento de tiros libres, una norma que pretendía evitar las constantes faltas para llevar al equipo contrario a la línea de personal.

Con 14 segundos y empate a 75, los Royals tenían posesión de balón y Bob Davies fue objeto de falta. El base de los Royals anotó los dos tiros libres, unos de los más decisivos de la historia de las finales, y Risen, gracias a su manifiesta ventaja en estatura, volvió a ganar el salto entre dos. Los Royals sacaron dos bases para mantener el balón en su poder y los Knicks optaron por no hacer falta y presionar a su rival en toda la cancha buscando el robo de balón, ya que una falta llevaría a los Royals a la línea de tiros libres con grandes posibilidades de ganar el salto entre dos posterior. El destino fue cruel e irónico, porque sería precisamente el base suplente quien retuvo el balón sin perderlo durante los últimos segundos del partido, un jugador que respondía al nombre de Red Holzman, el entrenador que dos décadas después ganaría dos títulos con los Knicks. Jack Coleman en el último segundo a pase de Holzman sellaría el triunfo de los Royals (79-75).

Los Knicks se quedaron a 14 segundos y unos centímetros de la gloria. Los centímetros que separaron la estatura de Arnie Risen de la de sus rivales para ganar 3 jump ball (salto entre dos) en los dos últimos minutos que les privaron de alcanzar una gesta que ningún equipo ni siquiera se ha aproximado a igualar. Los nombres de sus protagonistas que pudieron haber sido inmortalizados, han caído en el olvido y sólo son recordados por los más viejos del lugar. Honor y respeto para los Joe Lapchick, Dick McGuire, Vince Boryla, Connie Simmons, Max Zaslofski, Nate ‘Sweetwater’ Clifton, Harry Gallatin, Ernie Vandeweghe o Ray Lumpp.

Willis Reed Knicks

IX. «HERE COMES WILLIS»

Ha pasado más de medio siglo desde que la ciudad de New York viera a los Knicks conquistar el primer título de su historia. Durante un periodo de 6 años (desde el 69 hasta el 74) los Knicks compitieron cada año siempre con opciones al título, jugando tres finales de la NBA y tres finales de conferencia. El nivel competitivo de aquel grupo duró el tiempo que las rodillas de Willis Reed le permitieron caminar sobre una cancha, aunque fuera arrastrándose. ‘The Captain’ , como era conocido, fue el alma y el corazón de aquel equipo que ganó dos finales (70 y 73) y perdió otra (72), esta última sin su participación por culpa de una lesión.

El mejor ejemplo de esto que trato de ilustrar lo podemos encontrar en la final de 1970, en la que hizo un ejercicio de supervivencia, compromiso y liderazgo que se ha consolidado como uno de los momentos más icónicos de la historia, resumido en la célebre frase de Jack Twyman ‘…and here comes Willis, and the crowd is going wild’. Este momento ha sido mitificado hasta los extremos, y con el paso del tiempo también se ha creado una corriente en el otro lado de la balanza que ha querido restarle importancia o influencia en el resultado final. Mi intención es ponderar en su justa medida sin excesos ni defectos la actuación de Willis Reed en aquel contexto. Pero vayamos por partes, y empecemos por los precedentes.

Muchos de los analistas históricos están de acuerdo en afirmar que el punto de inflexión en el que el equipo dirigido por Red Holzman dio un salto competitivo fue a partir del trade de Walt Bellamy por Dave Debusschere. Este movimiento permitió desplazar a Willis Reed al puesto de pívot, en el que se encontraba más cómodo al mismo tiempo que los Knicks incorporaban a un jugador versátil con buen tiro que se adaptaba a la perfección a los esquemas de Red Holzman. Esto sucedió a mediados de la temporada 67-68, y los Knicks y con unos pocos meses de adpatación al nuevo sistema caían en playoffs con los vigentes campeones, los Philadelphia 76ers de Wilt Chamberlain no sin oponer mucha resistencia (4-2). Una temporada más tarde los Knicks llegaron hasta finales de conferencia, pero la mayor experiencia de los Celtics fue un factor diferencial para el resultado final de la serie (4-2).

Con la retirada de Bill Russell, nadie dudaba de que aquellos Knicks estaban preparados para afrontar el reto de conquistar el campeonato con muchas garantías de éxito. Durante la temporada 69-70, obtuvieron el mejor récord de la liga con 60 victorias, que también era el mejor registro histórico de la franquicia. Tuvieron que superar la presión a la que se vieron sometidos por los Baltimore Bullets, con los que establecieron una gran rivalidad a principios de los 70 (se enfrentaron en cinco eliminatorias de playoff). Los 21 puntos y 18 rebotes de Willis Reed contra un rival como Wes Unseld eran registros considerables.

No lo tendría más fácil en las finales de conferencia este. Los Knicks se verían las caras contra Milwaukee Bucks que contaba con el rookie que más expectación había creado en la liga desde la irrupción de Wilt Chamberlain: Lew Alcindor. Frenar a Alcindor en el esplendor de su exuberancia física era misión imposible para un sólo jugador, así que los Knicks se centraron en desactivar al resto de sus compañeros. Los Bucks eran lo que por aquellas latitudes conocen como un ‘one man team’. Alcindor promedió 34 pts y 18 reb en la serie, pero los Bucks cayeron derrotados por 4-1. Willis Reed no le perdió la cara a Alcindor y dejó una tarjeta de 28 pts y 12 reb que ayudaron a los Knicks a alcanzar la final.

El último escollo que quedaba por salvar era el de los Lakers, el equipo más mediático desde que la NBA echara a andar a finales de los 40. Con tres estrellas del calibre de Chamberlain, West y Baylor parecía imposible que no conquistaran el título un año tras otro, pero la realidad dictaba un escenario distinto. Baylor ya hacía varias temporadas que no era el jugador explosivo que era en sus inicios, y Chamberlain se había perdido casi toda la temporada. Jugó 12 partidos y reapareció a falta de tres encuentros para que finalizara la regular season. Con estos antecedentes se auguraba una final igualada en la que el factor cancha favorable a los Knicks podía resultar decisivo.

Los Knicks se adelantaron 2-1 en la final con Willis Reed como principal lanza de ataque de la ofensiva neoyorquina. En esos tres primeros partidos The Captain promediaba 35 pts y 16 reb ante un Wilt Chamberlain que no aceptaba el desafío de salir a defender al pívot de los Knicks a 5 metros del aro. Los Lakers empataron la serie en el cuarto partido, por lo que el quinto encuentro era de capital importancia para la suerte de la final. Sólo se llevaban 8 minutos transcurridos de partido cuando Willis Reed caía lesionado. El cuerpo médico de los Knicks trató de recuperarlo con una inyección de cortisona, pero su continuidad no era posible. La tragedia se cernía sobre el Madison Square Garden. Sin embargo los Knicks que fueron a remolque en el marcador casi todo el partido, lograron remontar en el último cuarto. La falta de paciencia para buscar en buenas posiciones a Wilt Chamberlain en los últimos minutos propició muchas pérdidas y malas situaciones de tiro que aprovecharon los Knicks para imponerse por 107-100. Joe Mullaney, entrenador de los Lakers, hizo los ajustes necesarios para que los Lakers circularan el balón y encontraran a Chamberlain en el sexto partido. Los Knicks sufrieron las consecuencias y Wilt se adueñó de las zonas anotando 45 puntos y capturando 27 rebotes ante la poca oposición de sus defensores.

New York tenía un grave problema y muy poco margen de error para solucionarlo. Con los Lakers centrados en explotar la superioridad de Chamberlain, los Knicks disponían de pocas herramientas para contrarrestar su dominio en las zonas. La única solución era doblar e incluso hacer triples marcas sobre Wilt y rezar para Jerry West o Elgin Baylor no tuvieran un día inspirado. Sin Willis Reed era una misión imposible, y sus compañeros así lo pensaban. Faltaba un día para el séptimo y definitivo partido y desde la franquicia no había salido ningún comunicado o noticia sobre el estado físico de Reed, a quien intentaban recuperar a pesar de su precaria condición física. El 8 de mayo de 1970 los neoyorquinos amanecieron sin preguntar por las fluctuaciones de la bolsa, nadie se preocupaba por las reservas de sus restaurantes favoritos, o de si podrían conseguir una entrada para un estreno de Broadway. La cuestión que todos se planteaban en la Gran Manzana era ‘¿Podrá jugar Willis Reed esta noche?’.

Los compañeros de Reed sabían que si había una remota posibilidad por pequeña que fuera, su capitán saltaría a la cancha a jugar. ‘Jugaré aunque tenga que gatear’ había dicho días antes pero no era una cuestión sólo de voluntad, o por lo menos eso creían los médicos. ‘Nos jugábamos el campeonato, era uno de esos momentos que recordarías para el resto de tu vida. No quería mirarme al espejo dentro de 20 años y decirme a mí mismo: «tenías que haber jugado». Reed estuvo entre algodones las 72 horas previas antes del partido, tras pasar una revisión con el médico, saltó al parquet del Madison Square Garden para comprobar las sensaciones y como respondía al dolor. Comenzó a lanzar a canasta desde varias posiciones, Don May estaba con él para pasar y recoger los balones que lanzaba. Lanzaba sin despegar los pies del suelo, pero al menos estaba sobre la cancha ‘soportando’ el dolor, era una ventana abierta a la esperanza’. En la lejanía a la sombra de una de las gradas del pabellón, Wilt Chamberlain observaba la sesión de tiro de Reed en silencio.

Reed volvió a la camilla del masajista de la enfermería del Madison Square Garden para ser revisado y tratado por última vez antes de tomar la decisión definitiva de su participación en el encuentro. ‘Dejamos el vestuario y nos dirigimos a la cancha sin saber si Willis podría saltar a jugar o no’, declaraba Bill Bradley. Según confesaría Reed aquellas horas fueron las peores de su vida. Estuvieron tratando su dolor durante varias horas para acabar infiltrándole. ‘Intentaron aliviarme el dolor, pero estaba ahí, no desaparecía’. Dave Debusschere que había pasado por la enfermería antes de saltar al campo le tocó la espalda y le dijo a su capitán:

«Si puedes ofrecernos 20 minutos, ganamos, te lo garantizo».

Ambos equipos estaban sobre la cancha haciendo el calentamiento, cuando Jack Twyman interrumpió el análisis previo del partido para emitir la ya mítica frase «Here comes Willis» acompañado del estruendo del Madison Square Garden al ver salir a Willis Reed a la cancha con un trote que delataba sus molestias. ‘Durante el calentamiento, todos estábamos pendientes de que apareciera en cualquier momento. Incluso ellos estaban pendientes de su salida por el túnel de vestuarios. En ese momento no sabían como tratar aquella noticia, estaban descolocados’ afirmaba Dick Barnett.

A partir de este momento la historia se ha escrito e interpretado de diversas y variadas formas. Los que han ensalzado a Willis Reed más allá de los hechos objetivos o los que han minimizado su influencia en el partido obviando otros factores. La verdad se encuentra a mitad de camino y me arriesgo a afirmar que está más cerca del primer extremo que del segundo y me explico. Los Lakers nunca supieron como manejar la presencia de Willis Reed y Joe Mullaney al igual que en el quinto partido demostró muy poca capacidad de reacción para aprovecharse de la condición física de su rival. Los Knicks sabían que Reed no podría aportarles mucho en ataque, pero su presencia defensiva cambiaba por completo su planteamiento de partido. Con Willis defendiendo a Wilt, los Knicks no necesitaban doblarle en cada defensa. Reed era capaz de contenerle para que al menos no tuviera facilidades para anotar y sobre todo para que no recibiera en posiciones cercanas al aro. Bajo este guión los Knicks si creían en la victoria. No necesitaban los puntos de su capitán, ya que Frazier, Bradley, Debusschere, Barnett, Russell… cualquiera de ellos podía anotar con regularidad si su juego era fluido.

Al poco de comenzar el partido Willis Reed anotó una suspensión a 5 m. ante la pasividad de Wilt que no esperaba que entrara en juego. En el siguiente ataque Reed se incorporó el último en campo contrario, recibió a la altura de los tiros libres y volvió a anotar otra suspensión con Wilt siguiendo con la mirada sus evoluciones. Esto puso el edificio patas arriba. Si la noticia de la presencia de Willis Reed había sido un subidón de adrenalina para sus compañeros y los aficionados, aquellas dos primeras acciones fueron un aporte extra de energía.

Willis Reed ya no volvería a hacer nada destacable en ataque, pero había sembrado la duda en Wilt Chamberlain, que se vería obligado a defender más cerca a su rival. El hecho de que Reed estuviera prácticamente cojo, no le impedía anotar desde sus zonas de confort con grandes porcentajes si no se le presionaba. La primera consecuencia de esto fue que los Lakers dejaron más espacios en la zona que los jugadores de los Knicks, maestros en ocupar los espacios y moverse sin balón, aprovecharon con continuos cortes a canasta.

La otra clave del partido estuvo en la parcela defensiva. Reed bregó con Chamberlain por cada centímetro de la cancha con el objetivo de que recibiera en condiciones menos favorables y siempre que fuera posible negando el primer pase interior, para que los ataques de los Lakers fueran más espesos. Gracias a la actividad defensiva de Reed los Knicks colapsaron la circulación de balón de los Lakers interceptando numerosos balones.

Los Knicks fueron encadenando parciales favorables y aumentando las diferencias progresivamente (9-2, 15-6, 30-17 y 61-37 al descanso). Los Lakers se vieron avasallados por un vendaval, del que no pudieron ni supieron evadirse. La actuación de Reed en el segundo tiempo fue intrascendente, pero para entonces ya había hecho su trabajo, aquel para el que había puesto en riesgo su salud con tal de no abandonar a sus compañeros en el momento más importante de sus carreras.

Wilt Chamberlain anotó 21 puntos, de ellos 4 fueron ante la defensa de Willis Reed. Su serie de tiro fue bastante buena, 10/16, pero sólo anotaría dos de los siete lanzamientos que intentó contra Willis. El héroe del partido en condiciones normales sería Walt Frazier, que tuvo la que probablemente fue la mejor actuación de su carrera con 36 puntos (12/17 y 12/12) y 19 asistencias, pero se vio eclipsada en parte por la gesta de su capitán.

Repito que más que un ejercicio de inspiración colectiva, la aportación de Willis Reed fue tangible y cuantificable y se debe más a conceptos relacionados con el juego que a otros factores anímicos, aunque fueron estos últimos los que han sido recogidos para la posteridad.

‘Willis ha demostrado hoy una vez más su coraje confiando en nosotros. Nos permitió ser agresivos en defensa evitando que Wilt anotara con facilidad» BILL BRADLEY

Tras el partido fue declarado como MVP de las finales, para algunos injustamente. Lo único que nos quedó claro aquella noche, es que sin su presencia los Knicks hubieran contado con muy pocas posibilidades de conquistar el título.

Preston Truman Michael Jordan Flu Game

X.LA HISTORIA DE COMPLICIDAD ENTRE JORDAN Y TRUMAN

SALT LAKE CITY, en una mesa dentro de una habitación oscura en el antiguo Delta Center, Michael Jordan yacía de espaldas, vistiendo sólo sus shorts de North Carolina y una camiseta blanca. Era el quinto partido de las finales de 1997. El estado de salud de Jordan en ese momento no era el ideal para disputar un partido de ese calibre. Todos recuerdan aquel partido como el Flu Game.

Preston Truman, 23 años después, recuerda estar solo junto a Jordan en esa habitación mientras le administraban líquidos por vía intravenosa. Se desarrolló una conexión especial entre Jordan y el aguador de los Jazz esa noche.

Jordan le dio unas entradas que tenía para el partido y le encargó que se las entregara a uno de los miembros del staff de los Bulls. Tras coger las entradas, Truman se armó de valor y le preguntó:

«Oye, Michael, ¿Qué harás con tus zapatillas después del partido?»- Jordan le miró y le dijo, «¿Las quieres?». Truman superado por la emoción del momento contestó, «Sería un honor para mí». Justo al salir de la habitación, Jordan le gritó: «Serán tuyas».

A Truman nunca se le pasó por la cabeza que esas zapatillas se venderían algún día por más de $100,000. El adolescente nunca pensó en las posibles consecuencias de aquel momento. Simplemente saboreó el privilegio de pasar tiempo dentro del vestuario de los Bulls mientras Chip Schaefer y los médicos del equipo discutían si Jordan estaba en condiciones de jugar aquel fundamental quinto partido.

«No había muchas personas allí … Me tenía que pellizcar para creer que todo era cierto », dijo Truman. «Todavía no puedo creer que en esas circunstancias encontrara el valor de pedirle a Michael Jordan sus zapatillas «.

Requirió de valor pero también de cierto grado de complicidad que ambos personajes empezaron a fraguar meses antes. Concretamente seis meses antes, cuando los Bulls visitaron el estado de Utah con motivo del partido correspondiente a la regular season que debían disputar frente a los Jazz.

Aquel 23 de noviembre de 1996, Chip Schaefer, head athletic trainer de los Bulls, estaba intentando conseguir un poco de puré de manzana a Jordan para untar con unas galletas Graham, que solía ingerir antes de cada partido. Pero en la expedición de los Bulls se habían quedado sin existencias de dicho puré.

Jordan miró al tímido muchacho que trabajaba como aguador y se dirigió a él, adelantándose a las intenciones de aquel adolescente, ‘Si no consigo mi puré de manzana, no obtendrás tus autógrafos después del partido’.

«En aquel vestuario había como más de 100 objetos encima de una mesa para que Michael los firmara », dijo Truman. «Salí corriendo con la intención de conseguir el puré de manzana para Jordan, antes de que saliera del vestuario para su rutina pre partido».

Truman, en su primera temporada como recogepelotas y aguador, esperaba tanto la visita de Jordan esa temporada que se perdió un crucero familiar para estar ese día trabajando en el Delta Center. Jordan contaba con aquel muchacho para que le consiguiera su puré de manzana antes de 45 minutos. Preston recorrió a la carrera todo el pabellón buscando una cocina. Después de una búsqueda frenética, encontró un bote gigante de puré de manzana en un armario y regresó al vestuario de los Bulls. Lo dejó frente a Jordan, que parecía impresionado por la diligencia del muchacho.

«Extendió la compota de manzana sobre las galletas Graham, se las comió y dijo: ‘Lo lograste'», dijo Truman. «Me preguntó mi nombre y dijo: ‘Muchas gracias’. »

Los Jazz infringieron a los Bulls una de sus 13 derrotas en la temporada regular. Jordan estaba de mal humor después del partido. Pasó de largo junto a la mesa de recuerdos sin firmar nada, pero se detuvo cuando vio a Truman. Hizo una seña al chico para que se acercara.

«Me preguntó si tenía algo que firmar y tenía un cromo en mi bolsillo », dijo Truman.» Lo firmó, sonrió y dijo: ‘Te veré en junio’ «.

Seis meses después, Truman le dio la bienvenida a Jordan de regreso a Utah con sus galletas favoritas y puré de manzana esperando en la casilla de su vestuario antes del primero de los tres partidos de la final que debían disputar en el Delta Center. Conmovido por el gesto, Jordan alegró la noche de Truman recordando su nombre de pila. Aunque trabajaba para los Jazz, Truman iba a ayudar en todo lo posible a Jordan para que se sintiera cómodo y centrado en el partido.

Unos días más tarde, desde su lugar de trabajo frente al banquillo de los Bulls durante el quinto partido, Truman pudo ver cuánto estaba sufriendo Jordan por los efectos de la intoxicación alimentaria.

«Estaba a dos metros de distancia», dijo Truman.

Vio todas las compresas de hielo que le aplicaban y escuchó la respuesta de Jordan cuando un médico del equipo de los Bulls trató de decirle que se tomara un descanso: «(F**k) ¡no!» Truman fue el muchacho que le entregó una toalla cuando, exhausto, se desplomó en los brazos de Scottie Pippen después de acertar un tiro crucial en la victoria de los Bulls por 90-88, uno de los esfuerzos más memorables de Jordan anotando 38 puntos en unas condiciones deplorables.

«Fue algo épico. me sentí como si estuviera al lado de Babe Ruth cuando conectó aquel home run », dijo Truman.» Luego me puse nervioso porque sabía que el vestuario estaría lleno de otras personas que también querían sus zapatillas».

Truman llevó a cabo sus tareas post partido mientras no perdía de vista las zapatillas de Jordan. El 23 de los Bulls fue el último en vestirse, todavía ingiriendo líquidos por vía intravenosa, cuando John Ligmanowski recogió sus zapatillas. Todavía tenían los calcetines de Jordan dentro.

Michael le dijo, ‘Déjalo. Esas son para el muchacho’, dijo señalando a Truman. El muchacho no salía de su asombro al comprobar que Jordan recordaba la conversación que habían tenido. La noche mejoró para él cuando tentando a su suerte, le pidió una fotografía.

«Su guardaespaldas tomó mi cámara y comenzó a tomar fotos», dijo Truman. Michael se puso de pie firmó las zapatillas y dijo: ‘Lo hiciste bien hoy’.

«Metí las zapatillas en mi bolsa y volví al trabajo».

Truman recibió una oferta de un coleccionista unos años después, le ofreció $11,000 en efectivo. Por mucho que Truman necesitaba el dinero en ese momento, lo rechazó.

«Fue una decisión difícil»

Las zapatillas estuvieron en una caja de seguridad en un banco del condado de Davis durante 16 años hasta que un amigo le sugirió a Truman que estudiara la opción de subastarlas. Truman quería compartir su historia y obtener de paso unas ganancias. Después, tenía otro par de zapatillas que el propio Jordan le dio en las finales de 1998. Por aquel entonces, como director de ventas de una compañía de telefonía móvil de Salt Lake City pensó que con dos hijas creciendo, el dinero podría ayudarles en el futuro.

«Así que llamé a Grey Flannel Auctions y después de pedirme que le enviara una fotografía, me devolvió la llamada después de un minuto», dijo Truman. «Dos días después, estaba en un avión rumbo al estado de Utah. Cuando vio el par de zapatillas dijeron, ‘Dios, esto es increíble’. »

El subastador autenticó los zapatos por las marcas de desgaste y estimó que podrían alcanzar hasta 40.000 dólares. Para sorpresa de todos, en diciembre de 2013, aquel par de Air Jordan 12 negras y rojas que se usaron durante el «Flu Game» recibió 15 ofertas y se vendió por $104,765. Truman no supo nada sobre el comprador anónimo, excepto que la puja venía del «extranjero».

Con el dinero obtenido en la subasta, Truman pagó algunas deudas e ingresó el resto en un fondo universitario para sus hijos, evitó malgastar ese dinero. Hoy en día todavía conduce un Acura 2006.

«El dinero cambió mi vida pero, no me hizo perder la cabeza», dijo Truman. «Es bueno tenerlo».

Casi tan bueno como los recuerdos que le traían la procedencia del mismo.

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