jueves, abril 25, 2024

Jay Williams

  • ¡RIIIIIIINGG!
  • ¿Sí?
  • Disculpe doctor Thompson, debería venir ahora mismo al hospital.
  • Oiga, que son las 3 de la madrugada, ¿tan urgente es?
  • Lo es, vístase lo más rápido que pueda. Le esperamos en el quirófano 3.

John colgó y se dirigió con torpeza al baño, “ni tan siquiera estoy de guardia, algo gordo debe haber ocurrido”, pensaba mientras buscaba sin mucho éxito sus calcetines.

El hospital no estaba lejos de su domicilio, en unos 20 minutos se había presentado en su viejo Ford del 99 en el aparcamiento reservado para miembros del centro. El café que llevaba en la mano todavía ardía, era verano y hacía calor, John se preguntó porque demonios lo había calentado tanto.

  • Doctor, menos mal que ya ha llegado.
  • Sí, a estas horas no había mucho tráfico, ¿qué es lo que tenemos?
  • Un joven de 22 años ha sufrido un grave accidente.
  • ¿Cómo de grave? ¿está estable?
  • Sí, lo está.
  • ¿Peligra su vida?
  • No, no peligra.
  • No entiendo, ¿por qué me sacan de la cama por un accidente donde el paciente no corre peligro de muerte?
  • Doctor, es su pierna, no tiene muy buena pinta…

John se deslizó desconcertado por el pasillo del hospital, cuando llegó al quirófano 3 vio a un chico afroamericano tumbado en la camilla, estaba sedado y se le veía muy magullado. Su vista se posó inevitablemente en su pierna, que era donde había sufrido más daño, un sudor frío corrió por el espinazo del doctor.

  • Enfermera, prepare el equipo de amputación, esta pierna no puede salvarse.
  • Pero doctor… ¿es que nadie se lo ha dicho?

John empezaba a perder la paciencia.

  • ¿Decirme el qué? Me han sacado de la cama para realizar una amputación, ¿es que no había un cirujano de guardia en todo el hospital?
  • Doctor, ¿no reconoce al paciente?

John se quedó paralizado, volvió su mirada hacia el rostro maltrecho de la camilla que tenía a su lado, de repente lo reconoció.

  • ¡Oh dios mío!
  • ¿Ahora lo entiende?
  • .. ¿qué pretenden que haga con esa pierna?
  • Haga lo que mejor saber hacer, doctor. Dios sabe que usted es el único que puede ayudarle.

De repente el doctor Thompson fue consciente que lo que tenía delante de sus ojos era el mayor reto de toda su carrera médica.

Jason David Williams, más conocido como Jay Williams, nació el 10 de septiembre de 1981 en Plainfield, Nueva Jersey. El joven Jay era una estrella del baloncesto desde sus inicios, uno de esos casos en los que parece que el destino ha unido físico y talento en un solo cuerpo y cuyo resultado solo puede derivar en el éxito. Durante su etapa de secundaria, donde estudió en la St. Joseph en Metuchen, ya dejó una estela de lo que le esperaba en un futuro, sus promedios en sus 4 años fueron excelentes; 19 puntos, 7 asistencias, 4,2 rebotes y 3,7 robos por partido para uno de los mejores talentos del país. Estableció récords escolares en puntos totales (1977) y en robos (407). Esta carta de presentación le permitió poder jugar en uno de los mejores equipos universitarios del mundo: Duke.

Jay Williams Coach k Duke

En los Blue Devils destacó desde su llegada, con sus 1,88 metros de altura y sus 88 kilos de peso, se convirtió rápidamente en un factor diferencial para su equipo. Jay tenía el estilo del momento, un base rápido y fuerte a la vez, con buena visión de juego y unas condiciones para la defensa exterior excelentes, lo que hoy en día conocemos como un two way player. Su lanzamiento fue durante años su firma personal, ya que, al lanzar el balón, en el último momento este se quedaba suspendido durante unos instantes en su mano de lanzamiento, dando una sensación extraña pero efectiva al espectador. Ya en su primer año sus números fueron espectaculares 14,5 puntos, 6,5 asistencias y 4,2 rebotes que le valieron para ganar el premio al novato del año.

Jay siguió creciendo como jugador y en los dos años siguientes tuvo una progresión espectacular. En la temporada 2000-01 promedió 21,6 puntos, 6,1 asistencias y 3,3 rebotes y en la siguiente 21,3, 5,3 y 3,5 sumando el campeonato de la NCAA para completar uno de los más exitosos ciclos deportivos universitarios de la historia de Duke. A Jay ya se le consideraba el mejor jugador universitario del país y ganó premios tan prestigiosos como el Naishmith o el Wooden. También fue portada de la revista Slam donde consideraban al base un talento generacional. A Jay la vida le sonreía, incluso tuvo tiempo para graduarse en Sociología y salir de su universidad con el título bajo el brazo.

Con esta espectacular carta de presentación era un secreto a voces que estaría en lo más alto del draft de 2002, y no fue número 1 porque se le cruzó en su camino un pívot de origen asiático del que todo el mundo hablaba maravillas. Yao Ming relegó a Jay al número 2 del draft del 2002, seguramente más como una estrategia de marketing que como una planificación deportiva, ya que el mercado chino, era y sigue siendo, un mercado económico muy poderoso. Así que, el 26 de junio del año 2002 los Chicago Bulls draftearon como número 2 a Jay Williams, en sus promociones vendieron que era el jugador con más talento que había jugado en el equipo desde Michael Jordan y que, con él, se empezaría la reconstrucción de una franquicia ganadora. Seguramente los Bulls no iban errados del todo, desde la marcha de Michael no habían levantado cabeza, así que vieron en el joven Jay una esperanza para volver a sus días de gloria.

Existen distintos calificativos para definir su primera temporada con los Bulls, uno de los más utilizados fue “fracaso”, algunos cronistas empezaron a dudar de la capacidad del base para rendir a primer nivel. Ciertamente sus números fueron mediocres, no tanto para un número dos del draft, sí para el Jay Williams que había llevado a los blue devils al campeonato universitario. Sus 9,5 puntos 4,7 asistencias y 2,6 rebotes en poco más de 26 minutos denotaba estas malas sensaciones. En una sociedad donde no existe la paciencia y no se permite el margen a los más jóvenes, la actuación de Jay en su primer año le acarreó un sinfín de críticas, a mi parecer injustas. Todos tenemos un período de adaptación, en algunos individuos es más largo y en otros más corto, sin embargo, en ocasiones cometemos una equivocación al confundir el aprendizaje con el error y, estoy convencido que, ese fue el caso del joven Jay. Por primera vez en su vida no era la estrella de su equipo y no estaba rindiendo a un nivel acorde con su talento, “no pasa nada” pensaría Jay, “el año que viene lo haré mejor”. Desde luego tenía todos los condicionantes necesarios para ello, lo que no podría saber es que el destino le tenía preparada una mala jugada.

El 19 de junio del año 2003 quedaría para siempre forjado en la memoria de Jay. Ese día había quedado con uno de sus mejores amigos para hablar sobre unos negocios que estaban gestionando juntos y, como solía ser habitual, se desplazaba en su motocicleta de gran cilindrada, una Yamaha YZF-R6.  Jay volvía de la reunión a gran velocidad en su motocicleta, puede ser que se fuera a almorzar o se dirigiera al gimnasio para elaborar su rutina diaria, lo que sabemos con certeza es que fue en ese preciso momento cuando perdió el control del vehículo y, no solo casi perdió su pierna, sino que, por muy difícil que pueda parecer, perdió mucho más. Jay se estrelló contra un poste de luz a casi 160km por hora.

Pese a que milagrosamente no tuvo lesiones que pudieran llevar a pensar que su vida pudiera peligrar, su pierna izquierda se llevó la peor parte: ruptura del nervio principal y rotura de tres ligamientos incluidos los temidos ACL (ligamiento cruzado anterior), entre otras lesiones. La pierna de Jay llegó en tan malas condiciones al hospital que estuvieron a punto de amputársela, solo las habilidades de un valiente cirujano hicieron que la pudiera conservar. Jay despertó en el posoperatorio sin saber qué había pasado, sus primeras palabras fueron en relación a cuándo podría volver a jugar. “Chico, es muy posible que no puedas volver a andar con esa pierna” la sentencia le golpeó en el rostro como si fuera un látigo. Ayer era la gran esperanza de los Chicago Bulls, el heredero de Jordan en la misión de devolver la gloria a la ciudad del viento, hoy se veía luchando para poder andar, Jay no entendía nada.

Si existe un elemento importante para definirnos como individuos ese es la identidad. La identidad nos dice quiénes somos, qué hacemos, cómo nos comportamos y, en general, como nos relacionamos con lo que nos rodea. Dependiendo de cómo sea, actuaremos de un modo u otro. La identidad nos marca un camino en la vida, nos dice por dónde debemos ir en un momento determinado y como debemos hacerlo, puede que en lo que respecta a la construcción solida de un individuo adulto, la identidad sea su componente más importante. El deporte en este sentido, tiene una parte de arte, el artista no se desvincula de su trabajo porque entiende que es parte de su identidad en mayor o menor grado, normalmente cuanto más ame su arte más formará parte de él. El pianista que vive de tocar el piano no entiende su relación con el mundo sin su instrumento ya que el mundo es su instrumento. Sin meterme en demasiados berenjenales conceptuales, creo que se puede captar la idea de cómo se podía sentir Jay: el base de los Bulls era baloncesto y ahora se había quedado sin él, es decir, había perdido su identidad.

Jay pasó por las 6 fases del duelo y no es de extrañar ya que, en el momento del accidente había muerto alguien, quizás no fuera él o quizás no del todo, quizás solo se desvaneció una parte muy pequeña, pero para Jay, era la más importante de todas. La primera fase es la de incredulidad, uno no se cree que esté viviendo lo que está viviendo, seguramente es lo que se le pasó por la cabeza en aquel hospital “¿de verdad me está ocurriendo esto a mí?” se repetiría durante las interminables primeras noches. La segunda fase y la más importante en este caso es la negación, “una lesión de pierna no puede apartarme de las canchas” volvió a pensar. En ocasiones la voluntad del ser humano puede realizar acciones extraordinarias en contra de todo pronóstico, Jay tenía una pierna prácticamente inservible para realizar cualquier deporte, pero estaba convencido que, con esfuerzo y perseverancia, podría darse el milagro. Su recuperación fue seguida por los medios de comunicación, ya que el impacto que tuvo su accidente en la comunidad fue notable, algunos periodistas empezaron a correr el rumor que Jay se estaba recuperando mejor de lo esperado, algunos hablaban de cómo volvía a botar el balón, de cómo lanzaba a canasta e incluso se le vio haciendo algún que otro mate. ¿Podría ser que el milagro sucediera? ¿podría el base de los Bulls romper las leyes de la física?

En verano del año 2006 Jay se sentía preparado, tres años después del accidente y de jornadas interminables en el gimnasio por fin veía la luz al final del túnel. Se sentía fuerte, la pierna le aguantaba bien y su motivación no podía ser mejor, el equipo que finalmente le dio la oportunidad fueron los entonces New Jersey Nets. No pudo salir peor, la pierna no le aguantaba un ritmo de deporte de élite y por muchos analgésicos que se tomara le seguía doliendo. Pese a todo, los Nets le ofrecieron un contrato de pretemporada, la calidad estaba ahí, detrás de las operaciones y las noches en vela, Jay seguía siendo un fuera de serie, solo que le faltaba una pierna funcional. Después de jugar algunos minutos en 5 partidos de pretemporada, los Nets se rindieron a la realidad y, por mucho que no quisieran hacerlo, tuvieron que cortar a Jay. Cabe destacar en este punto que solo el hecho que estuviera jugando unos partidos de pretemporada con un equipo NBA ya rompía con todos los pronósticos médicos, recordemos que tenía una pierna que le debería haber permitido apoyarse en ella para poder andar con más o menos velocidad, en el mejor de los casos.

Jay seguía en la fase de negación “no pasa nada”, se decía, “sigue trabajando y tendrás tu oportunidad” no dejaba de repetirse. Tuvieron que pasar 4 años para que se le diera otra oportunidad, en este caso, en el año 2010 los Miami Heat decidieron mandarle al campus de verano para evaluarle. Esta vez ni tan siquiera superó las pruebas físicas. Habían pasado 7 años desde su accidente, 8 desde su debut con los Bulls y 9 desde su título universitario con los Blue Devils. “Jay, déjalo” le empezaba a susurrar su cabeza “Jay, has hecho todo lo posible, es el momento de apartarse definitivamente de las canchas”, no dejaba de escuchar. Finalmente se rindió a la evidencia, las leyes de la física habían ganado, hay cosas que son ajenas a nuestra voluntad y Jay lo aprendió de la forma más cruel posible.

Actualmente, Jay Williams está trabajando como analista de baloncesto universitario en la ESPN, ha sabido reconducir su vida y ha entendido que su mejor herramienta nunca estuvo en sus piernas sino en su cabeza. Aquél joven que maravilló al mundo del deporte no lo hizo por su físico, sino por su cerebro, o mejor dicho, por una especie de simbiosis extraña entre ambos. Si cierro los ojos me puedo imaginar a Jay entrando en la cancha de Duke para realizar una de sus retransmisiones, deslizándose lentamente hacia el centro, me lo imagino pensando en cómo huele el parquet, en el sonido del chirriar de las zapatillas y en el movimiento del balón en el aire justo antes de impactar contra el aro. Es muy posible que en ese preciso instante piense en la lección más importante que aprendió ese fatídico 19 de junio del año 2003: La vida no es justa.

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