Es bien sabido entre mis allegados que me gusta mucho el baloncesto, llevo muchos años siguiendo sobre todo la NBA y la ACB y, pese a tener mis equipos favoritos, lo que realmente me gusta es el deporte. No sin esfuerzo pude entender en un momento determinado de mi vida a aquellas persones incapaces de ver los partidos de su equipo, ya que lo que quieren es que triunfen sus colores y no disfrutar de una agradable velada competitiva. También soy el orgulloso propietario de un abono de temporada de uno de los equipos de tabla baja de nuestra mejor competición nacional y esto me proporciona una visión distinta de la que se puede tener desde detrás de una pantalla en el cómodo salón de tu hogar.
Me gusta llegar con mucha antelación a los partidos, toda la que se pueda en realidad, para mi esto forma parte de la liturgia del partido, al igual que un católico se santigua antes de emprender las acciones pertinentes, para mi el análisis prepartido en directo forma parte del espectáculo deportivo. Uno de los elementos que creo que se puede apreciar mucho mejor en directo que detrás de una pantalla es la mecánica de lanzamiento, detalles como donde empieza el movimiento y donde termina o su propia fluidez me parecen mucho mejor identificables y clasificables apreciados desde la propia cancha. Otra cosa que me gusta observar son los comportamientos entre los miembros del equipo, como se miran, como se dirigen las palabras o incluso gestos que adquieren un significado mucho mayor en el contexto de la élite deportiva. Estos elementos son solo unos pocos de los que me gusta identificar.
El hecho de ir a ver los partidos en directo también me proporciona otro tipo de placeres no culpables, destacaría por encima de todo las charlas que uno puede mantener con todo tipo de aficionados, hermanos de colores por decirlo de una manera cursi. Cabe añadir que hace relativamente poco que he vuelto a pisar las canchas, por razones personales estuve alejado de ellas muchísimo tiempo y solo me relacionaba con las mismas de manera digital. Cuando volví, descubrí un factor que en un primero momento me dejó perplejo, hablando con estos aficionados veteranos, curtidos en mil batallas, me di cuenta de que casi nunca compartía su criterio baloncestístico, me solía quedar en un discreto segundo plano mientras asentía y pensaba en mis adentros si habíamos visto el mismo partido. Pero esto no solo se quedó aquí, las RRSS estaban inundadas de las mismas opiniones que no compartía en ningún caso, me llegué a plantear que quizás era yo quien había desarrollado con los años una especie de miopía baloncestística y no era capaz de distinguir un balón de una merluza. Por suerte, no estaba solo en la batalla, tenía referentes que solían compartir criterio conmigo, esos periodistas de renombre o no tanto que uno respeta por razones obvias consiguieron despejar la niebla de la duda.
Con el tiempo he ido reflexionando el porqué de esta diferencia de opiniones con gente veterana que, sobre el papel, debería tener un background suficiente para poder emitir juicios justos y razonables. Una de las conclusiones que llegué, y de las que cada vez estoy más convencido, es la de la conservación del tiempo, es decir, el juego evoluciona, ellos no. Para poner un ejemplo, es típico hablar sobre las posiciones y discutir sobre donde se debe reforzar un equipo, ya que este, debe tener un base sólido y un buen pívot para poder construir a su alrededor un equipo ganador, ¿verdad? Pues no. Esto quizás fuera cierto en los años 90-00 pero hoy en día el juego ha evolucionado tanto que esto no es necesario, el small ball es un claro ejemplo de ello. Los jugadores ya no ocupan posiciones definidas si no que se adaptan a las necesidades del equipo en el contexto de los partidos, todo encajado en un estilo moderno y dinámico donde los ataques se suelen iniciar con los cinco atacantes abiertos para la creación de espacios y lanzamientos de 3 puntos. Los bloqueos y continuación son el zeigeist o espíritu de nuestro tiempo, esto genera siempre los ataques para la generación de espacios para el resto de los compañeros. No pocas veces me he quedado sorprendido al escuchar a un hermano de colores decir “no saben atacar, solo hacen bloqueos”, los siento, pero en este caso hermano, yo no te creo.
El estilo que juega Europa, por cierto, importado de esta NBA que no sabe a lo que juega y que es un circo, según algunos, no es una casualidad. Es el resultado de profundos análisis de la estadística avanzada cruzados con los perfiles actuales de jugadores que, siento tener que recordarlo, son mucho mejores que antes. Europa mira la NBA y copia su estilo porque sabe que es el más eficiente para ganar partidos. En este sentido, hay una anécdota en el último partido que fui a ver que quizás puede ayudar a arrojar luz sobre lo que quiero transmitir. En un momento de partido clave, un jugador en contrataque y con el tiempo a punto de agotarse se lanzó hacia canasta con resultado negativo, a falta de 5 segundos erró su lanzamiento y proporcionó un ataque al equipo contrario que terminó anotando un triple en el último momento. A la salida, uno de mis hermanos de colores, me comentó sobre el bajo IQ que tenía el jugador en cuestión, ya que lo suyo era esperar a agotar el tiempo para lanzar y así que el rival no tuviera una última posesión. Dejando a un lado el oportunismo del comentario, el baloncesto ya no es así, un jugador si dispone una jugada ofensiva evidente tiene que aprovecharla. Ya quedan muy atrás las críticas a Jason “chocolate blanco” Williams al parar en un contrataque a la línea de tres puntos para lanzar sin posibilidad ninguna de rebote, esos entrenadores que lo fulminaba al banquillo por realizar semejante sinvergüencería son los que hoy en día piden a sus jugadores que lo hagan. Otra vez llegué a la misma conclusión, el baloncesto evoluciona, algunos no.
También me llama la atención el reclamo nostálgico de pívots anacrónicos que jueguan de espaldas a la canasta. La cantidad de veces que he escuchado a mis hermanos pedir un jugador de estas características para reforzar al equipo es ingente. O decir que es imposible que ganemos sin un perfil similar, cuando la realidad es que nunca o casi nunca se juega de espaldas a la canasta con los hombres grandes. De hecho, tenemos ejemplos de jugadores que nacieron en la época equivocada y seguramente en los años 90 hubiera sido pívots dominantes en la NBA o con un gran peso en sus equipos. Uno de los ejemplos más claros es Jahlil Okafor, cuyo pasado maño y su presente asiático confirman que no deja de ser una víctima de su tiempo. Incluso en las RRHH he escuchado estos días por boca de un supuesto periodista especializado decir que, un equipo sin un gran pívot es incapaz de ganar un anillo, todo esto oportunamente aprovechando el partido increíble de Rudy Gobert en los play-offs, partido que no deja de ser una excepción en su carrera. Ni tan siquiera me voy a molestar a desmentir tal afirmación que considero, por decirlo suave, poco reflexionada.
En definitiva, todos cambiamos con el tiempo y el baloncesto no es una excepción y esto ocurre nos guste o no. Toca a cada uno de nosotros decidir si nos adaptamos o nos quedamos atrapados en un tiempo pasado, mejor o no.
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En 'Tiempo D3 Basket' desde 19.10.2023












