La NBA representa hoy una de las mayores maquinarias de riqueza, entretenimiento y alcance global del planeta. Con salarios medios que superan los diez millones de dólares anuales y franquicias valoradas en miles de millones, las estrellas modernas disfrutan de un ecosistema de opulencia sin precedentes en la historia del deporte profesional. Sin embargo, detrás de este imperio comercial y mediático se esconde una realidad histórica sombría y prolongada: el abandono financiero y sistemático de los hombres que lavaban sus propios uniformes, viajaban en trenes nocturnos de tercera clase y construyeron la liga desde la nada. El fenómeno de los «pioneros olvidados» (conocidos en los círculos legales y deportivos estadounidenses como los pre-1965ers) constituye una de las batallas por la justicia laboral y el reconocimiento ético más encarnizadas de la historia del deporte.
Para comprender la raíz del conflicto, es imprescindible retroceder a los primeros años de la liga. Durante las décadas de 1940 y 1950, los jugadores de la primigenia Basketball Association of America (BAA) —que posteriormente se fusionó con la NBL para formar la NBA— percibían salarios exiguos, que oscilaban generalmente entre los 3.000 y los 8.000 dólares anuales. La inestabilidad era total: franquicias enteras como los Providence Steamrollers o los Tri-Cities Blackhawks aparecían y desaparecían del mapa de la noche a la mañana, dejando a los atletas sin sustento. No existían dietas, seguros médicos ni indemnizaciones por lesiones.
El punto de inflexión definitivo se produjo en 1964, durante el primer All-Star Game televisado en directo a nivel nacional. Liderados por figuras de la talla de Tommy Heinsohn y Oscar Robertson a través de la National Basketball Players Association (NBPA), los jugadores se encerraron en los vestuarios de Boston y amenazaron con boicotear el partido si los propietarios no reconocían formalmente al sindicato y garantizaban reformas estructurales básicas.
Cediendo ante la presión comercial, la patronal capituló. Fruto de aquella histórica movilización, en 1965 se instauró el primer plan de pensiones de la NBA. Sin embargo, aquel acuerdo colectivo contenía una cláusula de exclusión técnica demoledora: el plan se diseñó de forma prospectiva para cubrir únicamente a aquellos jugadores que estuvieran en activo en 1965 o con posterioridad, exigiendo un mínimo de tres años de servicio cotizados a partir de esa fecha límite. De golpe, las docenas de veteranos que se habían retirado antes de 1965 quedaron completamente desamparadas, desvinculadas legalmente de las futuras bonanzas económicas de la liga.
A medida que los ingresos televisivos y el marketing de la NBA se disparaban durante la década de los 80, la indigencia y los problemas de salud de los antiguos jugadores empezaron a generar una corriente de presión pública incómoda para las oficinas de la liga. En 1988, bajo el mandato del comisionado David Stern, la NBA y el sindicato NBPA firmaron una enmienda (Amendment #5) para extender retroactivamente ciertos beneficios de jubilación a los pioneros anteriores a 1965.
No obstante, esta rectificación no se rigió por criterios de equidad, sino que introdujo un severo agravio comparativo. mientras que a cualquier jugador posterior a 1965 se le exigían únicamente tres años de carrera para consolidar el derecho a percibir una pensión completa, a los veteranos anteriores a 1965 se les impuso un restrictivo umbral mínimo de cinco años de actividad contractual. Esta sutil barrera burocrática discriminó de forma fulminante a más de un centenar de atletas. En los años 40 y 50, debido a los sueldos miserables, la inmensa mayoría de los baloncestistas profesionales jugaban únicamente tres o cuatro temporadas antes de verse obligados a abandonar el deporte para buscar empleos convencionales que les permitiesen mantener a sus familias o regresar a sus profesiones tras haber servido en la Segunda Guerra Mundial o en la Guerra de Corea.
La consecuencia directa de este doble rasero fue la exclusión total de figuras históricas de la liga que pasaron su vejez sumidas en la precariedad económica extrema. Voces autorizadas del colectivo de veteranos denunciaron casos dramáticos de exjugadores profesionales que, superados los 70 años, se veían obligados a conducir taxis de noche en cualquier urbe del país o a depender de la beneficencia para costear tratamientos médicos esenciales.
Fue en este escenario de fractura social donde emergió la figura de George Mikan. Convertido en la primera gran superestrella mediática de la NBA y el pilar sobre el que se fundaron los Minneapolis Lakers primitivos, Mikan arrastró durante su vejez las secuelas físicas de un baloncesto hiperfísico y sin apenas protecciones médicas. Afectado por una diabetes crónica severa que derivó en la amputación de una pierna y en la necesidad constante de someterse a costosas sesiones de diálisis, el legendario pívot vio cómo sus recursos financieros se desvanecían por completo.
Mikan recibía de la liga una pensión oficial de apenas 1.700 dólares al mes, una cifra irrisoria si se compara con los ingresos de los jugadores contemporáneos, de la cual su viuda solo heredaría la mitad tras su muerte. Ante la asfixia económica, la familia Mikan se vio forzada a subastar prácticamente todos los galardones y anillos de campeón del jugador para hacer frente a las facturas hospitalarias.
Lejos de asumir su infortunio de forma pasiva, Mikan utilizó el enorme peso de su nombre para emprender una campaña de presión pública y acciones de protesta legal. Envió cartas informativas, concedió entrevistas incendiarias a medios de comunicación nacionales y coordinó esfuerzos junto a Bill Tosheff —presidente de la Pre-1965 NBA Players Association— para exigir ante el Congreso de los Estados Unidos y los tribunales la homologación total de los derechos de pensiones de los pioneros con respecto a los jugadores modernos.
La inesperada muerte de Mikan el 1 de junio de 2005 puso de manifiesto de forma sobrecogedora la crudeza de la situación: la familia no disponía de fondos líquidos suficientes para costear las exequias fúnebres. Al conocerse la noticia, un conmovido Shaquille O’Neal —quien entonces militaba en los Miami Heat— asumió de manera íntegra y privada todos los costes económicos del funeral de Mikan, declarando públicamente que la existencia de los pívots modernos y sus contratos multimillonarios eran deudores directos del sacrificio del mítico número 99.
El fallecimiento de George Mikan y el escándalo público asociado a sus dificultades financieras supusieron un severo golpe a la reputación corporativa de la NBA. En febrero de 2007, durante las reuniones mantenidas en el marco del Fin de Semana de las Estrellas en Las Vegas, el comisionado David Stern y la dirección de la NBPA anunciaron finalmente una profunda reestructuración retroactiva de sus fondos de pensiones. Este plan de rescate incluyó las siguientes medidas correctoras de urgencia:
. Se abrieron las asignaciones de pensiones para aquellos jugadores que habían quedado desamparados por la regla de los cinco años, extendiendo un reconocimiento básico a los supervivientes de las décadas iniciales.
. Se elevó el pago mensual de los jugadores anteriores a 1965 con cinco o más años de experiencia, pasando de 2.400 dólares a 3.600 dólares por cada año de liga disputado.
Posteriormente, a través de las negociaciones de 2017 ratificadas por la NBA y la National Basketball Retired Players Association (NBRPA), se aprobó una nueva y definitiva actualización del programa de beneficios sociales. Bajo este marco de financiación conjunta, las asignaciones base para el mermado grupo de supervivientes anteriores a 1965 se incrementaron de 300 a 400 dólares mensuales por cada año de servicio en la competición.
Aunque la situación de los pioneros de la NBA quedó encauzada normativamente, el problema de los precursores olvidados mantenía un gigantesco cabo suelto en su periferia: los jugadores de la American Basketball Association (ABA). La ABA (1967-1976) fue la liga rival que revolucionó el baloncesto profesional estadounidense mediante la introducción del balón tricolor, el juego aéreo por encima del aro y, fundamentalmente, el tiro de tres puntos.
Cuando la NBA absorbió a la ABA en 1976, únicamente integró a cuatro de sus franquicias (Denver, Indiana, San Antonio y New York Nets), dejando fuera de la estructura legal corporativa a cientos de jugadores de los equipos disueltos. Durante casi tres décadas, estos atletas carecieron por completo de cualquier tipo de cobertura de jubilación por parte de la NBA.
La precaria situación médica y residencial de estos veteranos motivó la creación de fundaciones benéficas privadas como Dropping Dimes, una organización sin ánimo de lucro con sede en Indiana que sobrevivía gracias a donaciones particulares para pagar alquileres, facturas médicas y entierros de antiguos jugadores de la ABA que agonizaban en la pobreza. Liderados por abogados como Scott Tarter y con el respaldo moral de estrellas históricas, Dropping Dimes denunció incansablemente que la NBA explotaba comercialmente la iconografía y el legado estético de la ABA (como los concursos de mates o el triple) mientras negaba una retribución de subsistencia a sus creadores.
La resolución definitiva a esta última anomalía histórica no llegó hasta julio de 2022. En una declaración conjunta oficial, el comisionado Adam Silver y la junta de gobernadores anunciaron la creación del programa de «Pagos de Reconocimiento» (Recognition Payments), evitando de manera explícita el término legal de «pensión» para proteger la estructura corporativa del fondo general de la NBA. A través de este fideicomiso de 24,5 millones de dólares, un grupo de aproximadamente 115 exjugadores supervivientes que disputaron al menos tres temporadas en la ABA comenzaron a percibir de manera fraccionada un promedio anualizado de 3.828 dólares por cada temporada jugada, distribuidos en cuotas mensuales fijas de entre 319 y 400 dólares por año de servicio prestado.
La historia de los pioneros olvidados del baloncesto profesional es un testimonio de cómo los derechos laborales y la dignidad de los trabajadores del espectáculo deportivo no son una concesión voluntaria de las grandes corporaciones, sino el resultado de décadas de litigios, sacrificios y denuncias persistentes. La NBA tardó más de medio siglo en saldar sus deudas morales con los hombres que asentaron las bases del multimillonario negocio contemporáneo. Aunque la justicia llegó demasiado tarde para figuras fundamentales como George Mikan y muchos otros que fallecieron en el anonimato y la estrechez económica, las reformas de 2007, 2017 y 2022 consiguieron fijar un principio de responsabilidad ética ineludible: ninguna liga puede reclamar grandeza legítima si decide dar la espalda a los cimientos humanos sobre los que se sostiene su imperio.

