jueves, abril 25, 2024
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Chris Mullin, el chico de Troy Avenue

Chris Mullin acababa de salir de St. John’s y la lotería del draft deparó que debía abandonar New York, esa ciudad a la que se negó abandonar cuando eligió destino universitario con tal de jugar «in da naybuhhood» (en el vecindario) como dirían los nativos. Su sueño de jugar profesionalmente en la Séptima Avenida se había desvanecido.Fue precisamente en el Madison Square Garden, donde Chris Mullin era considerado como uno de los hijos de Brooklyn, el lugar en el que David Stern anunció su destino. «Con la elección número 7, los Golden State Warriors eligen a… Chris Mullin, de St. John’s». El destino quiso que Chris comenzara su carrera en la otra punta del país.

Criado en el seno una familia irlandesa, Mullin compartió habitación con sus tres hermanos. Comenzó jugando partidos de dos contra dos con ellos, en una cancha que Rod, su padre, construyó en el patio trasero de su casa, después de terminar turnos de 16 horas como inspector de aduanas en el aeropuerto JFK. «Eran baños de sangre», afirmaba Terence, el hermano menor de Mullin. «A todos les encantaba venir a nuestro patio y jugar. Aquellos partidos tenían su prestigio en el vecindario».Viendo a Walt Frazier y John Havlicek (el jugador que inspiró que vistiera la camiseta con el número 17) encontró un motivo para amar el baloncesto. Las paredes de una cancha de un gimnasio cercano en St. Thomas Aquinas, fueron testigo de las incontables horas que un Mullin preadolescente empleaba trabajando en diversas facetas de su juego.

Pero Brooklyn no era lo suficientemente grande para que Mullin pudiera contrastar sus habilidades. En ocasiones tenía que sacar un billete de metro a otros vecindarios para jugar con los mejores jugadores de otros distritos. Mullin destacaba por su pálida tez sobre el resto de jugadores, en una abrumadora mayoría de raza negra. Su juego derribó todos los prejuicios que creaba el color de su piel.»A Chris le encantaba jugar en cualquier lugar, así que me reunía con él en la estación de metro e íbamos juntos» relataba Mario Elie, quien años más tarde se convirtió en su compañero de equipo defendiendo la camiseta de los Warriors. «Si hacías un buen partido, te ganabas el derecho de volver a un vecindario diferente al tuyo. Mullin se ganó su respeto y una reputación que le permitía jugar en cualquier cancha de New York».

La confianza que mostró más tarde como jugador colegial y profesional se forjó en aquellos partidos en el que la intimidación era otro rival más a superar, las faltas eran un oasis en el desierto y el fuerte viento cambiaba la trayectoria de los tiros como si un tipo de siete pies se tratara. Aquella era una presión que nunca sentí como profesional. Si un día tenía un mal partido en un barrio cualquiera, no podía regresar jamás».

Sus dos primeros años de secundaria cursó estudios en Power Memorial Academy, en Manhattan, un centro al que Lew Alcindor puso en el mapa. Mullin tomó una controvertida decisión, pidió ser transferido a Xaverian High School en Brooklyn, porque quería jugar con los chicos del vecindario. Los vínculos que le unían a ‘Da naybuhhood’ eran demasiados fuertes. Incluso cuando jugaba a casi 3.000 millas de New York, Mullin seguía siendo el chico de Troy Avenue.Algunos auguraron un negro panorama en su futuro como jugador, alegando que era muy lento y poco atlético. Ni siquiera le veían futuro como jugador colegial. No tardó en privarles de argumentos cuando lideró a Xaverian HS a un título estatal y fue nombrado ‘Mr. Basketball’ del estado de New York.»Entendía el juego como muy pocos jugadores son capaces de hacerlo, incluso tras una carrera profesional. Es un don» afirmaba su entrenador Jack Alesi.

Chris Mullin consideró seriamente acudir a Duke, pero fue incapaz de cortar el cordón umbilical que le unía a su ciudad natal y se trasladó a 12 millas de su barrio para llegar al 8000 de Utopia Parkway en Queens, convertirse en uno más de los Red Storm de la universidad de Saint John’s y ponerse a las órdenes del mítico Lou Carnesecca.

Como jugador de Saint John’s vio cumplido su sueño de jugar en el Madison Square Garden, de cuyas gradas era un asiduo en los partidos de los Knicks desde que era un niño.Su paso por Saint John’s no pudo ser más fructífero. Fue nombrado 2 veces All American, ganó 3 veces el premio al mejor jugador de la Big East Conference, y ganador del Wooden Award. Además se convirtió en el máximo anotador de la historia de los Red Storm, y guió a su equipo a la Final Four de 1985, en la que cayeron a manos de los Hoyas de Patrick Ewing en semifinales. Saint John’s reunió un grupo de jugadores que llegó a colocar a la universidad como número 1 de la nación durante buen parte de la temporada. Junto a Mullin, brillaron también los Walter Berry y Bill Wennigton. También contaban con un jovencito Mark Jackson.

Para completar todos estos logros, conquistó la medalla de oro en los JJOO de Los Angeles formando parte de uno de los mejores equipos amateurs de la historia.»Es un chico terriblemente duro de defender. Intentamos pararle con todos los medios a nuestro alcance, pero es un terrible competidor. Muy agradable fuera de la cancha, pero un killer dentro de ella.» Declaraba Rollie Massimino, entrenador de Vilanova, tras ser eliminado por Saint John’s.Tras el verano de 1985, Mullin hizo su equipaje rumbo a California. No logró adaptarse a la vida de la costa oeste. Se encontraba solo y deprimido. Llegaba a gastar más de $600 en facturas telefónicas. El ambiente en el equipo tampoco ayudaba mucho a su integración. Los Warriors eran un equipo que no jugaba playoffs desde 1977. La ética de trabajo de Mullin contrastaba con la actitud de dejar correr el tiempo para cobrar un cheque a fin de mes. Mullin había dejado de divertirse jugando a baloncesto.

La única compañía que frecuentaba era la de las voces de su padre y de Liz, su futura mujer, al otro lado del teléfono. Añoraba su hogar y la presencia de sus seres queridos fue sustituida por el consumo del alcohol. Mullin era discreto incluso en el abuso del consumo de cervezas. No causaba problemas, ni montaba escenas, por eso en los Warriors tardaron en detectar su problema, pero durante su tercera temporada empezó a faltar a algunos entrenamientos. Su peso se disparó. Ya no había forma de ocultarlo.Después de que Mullin rompiera la promesa que le había hecho a Don Nelson de dejar de beber, el entrenador lo suspendió y sugirió que buscara ayuda. Mullin siguió un programa de rehabilitación de un mes de duración, pasando aproximadamente seis horas en reuniones y terapia todos los días. Uno de los momentos más difíciles de su vida se convirtió en «lo mejor» que le había pasado.»Necesitaba recuperar el control de mi vida», dijo Mullin al New York Times en 1989. «Nunca hubiera dado el paso y entrado en rehabilitación si Don Nelson no me hubiera empujado a hacerlo.»Mullin superó con éxito la adicción, y al igual que su padre, nunca tomó otro sorbo. Reemplazó el alcohol por sesiones de entrenamiento físico, bajando más de 30 libras de peso.»Cuando llegué aquí por primera vez, todo el mundo me decia lo bueno que era, mentían. Era alcohólico y con sobrepeso. Afortunadamente lo superó y se convirtió en el jugador que todos conocimos» declaró años después Don Nelson.

Así comenzó la mejor etapa de la carrera de Mullin. Promedió más de 25 puntos durante cinco temporadas consecutivas con cinco viajes al fin de semana de las estrellas. Fue elegido para formar parte del original y genuino Dream Team y competir con el primer equipo de USA que llevaba jugadores NBA a una competición FIBA, e integró uno de los tríos más populares de la historia, el ya legendario ‘Run TMC’ junto a Mitch Richmond y Tim Hardaway. Chris Mullin había regresado de su infierno particular. Era otra vez el chico de Troy Avenue.

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