domingo, febrero 25, 2024
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La inseguridad de un dios

El invierno acababa de entrar a finales del año 2000, Michael Jordan era una persona incompleta con casi 15 kg de sobrepeso respecto a lo que registraba la balanza cuando se retiró. Creía que ya no necesitaba del baloncesto para sentirse realizado, un proceso por el que pasan la mayoría de los referentes o ídolos deportivos . La jubilación se convirtió en una especie de vacaciones de verano interminables: partidas de golf, viajes, frecuentes visitas a los casinos, puros, brandy y muy poco ejercicio. No más compañeros de equipo ni recibir órdenes de entrenadores. No más corros de periodistas intentando arrancar una declaración tras cada partido. No más sesiones de tiro después de un vuelo de ojos rojos a causa tres escasas horas de sueño.

Los días tranquilos fueron un bálsamo al principio, una pequeña compensación reconfortante después de dos décadas de estar sobrecargado con la obligación de ganar siempre. Pero no tardaría en despertarse un día sintiendo un agujero en su interior, queriendo recuperar lo que tres años antes ya no deseaba. Este sentimiento comenzó a apoderarse de él en algún momento de este día a mediados de diciembre de 2000, unos meses antes de que comenzara a coquetear públicamente con su regreso. Había accedido a una entrevista con Michael Leahy, del Washington Post, para discutir su desempeño como ejecutivo, y pasó aproximadamente la mitad del tiempo hablando sobre lo que había significado ser un jugador y cuánto lo extrañaba. «Nada se compara con ser un jugador en activo», dijo con tanta nostalgia delatando que lamentaba el hecho de haberlo dejado alguna vez, y que lo que tenía en su lugar no era suficiente.

La tranquilidad de su vida como ejecutivo de los Wizards se había convertido en una especie de arresto domiciliario. Su celda era un despacho de 6 metros de ancho por 9 de largo, recién amueblado en el MCI Center en Washington. Tenía un cenicero gigante de color gris para sus puros y una enorme pantalla de televisión. No quería dejar de fumar le confesó a Leahy. Se pasó la mano por su afeitada cabeza y se dio unos golpecitos en el abdomen, en el que pudo sentir un pequeño rollo de grasa.

Por fuera, era el mismo Jordan de siempre, la misma forma de caminar, la mirada remota, el mismo porte de seguridad que le confería su eterna celebridad. Pero algo no estaba bien. El paso de los minutos llevaron a Jordan a relajarse y a confesar sus frustraciones, principalmente por lo que consideraba un injusticia: los medios estaban otorgando una gran atención a la nueva ola de estrellas a pesar de que sus logros no se acercaban ni remotamente a los que el propio Jordan había conseguido. Le traicionó la ansiedad de una deidad a la que le preocupaba ser olvidado paulatinamente. «No quiero parecer un amargado, pero solo digo que cuando Jordan no está jugando…». Se detuvo abruptamente y trajo a la conversación la figura de Kobe Bryant:

«Si un chico, por ejemplo Kobe Bryant, anota 51 puntos como la otra noche, comienzan a hacer una leyenda de él. Luego lo empiezan a comparar con Michael Jordan y se olvidan que Jordan anotó 50 puntos tres partidos seguidos. ¿Entiendes mi punto?. La gente tiende a girarse hacia el jugador actual porque dejaron de ver a Michael Jordan sobre una cancha hace dos años»

Totalmente desinhibido comenzó a relatar los logros de ese atleta llamado Michael Jordan, hablando de sí mismo en tercera persona. Era una situación extraña porque al mismo tiempo que se sinceraba, se le notaba muy tenso y porque rara vez había caído en semejante estupidez. Siempre se había mostrado como una persona serena y cauta en sus declaraciones. Esas referencias en tercera persona eran una manifestación de su inseguridad y en cierta parte de su arrogancia, algo que nunca había definido al viejo Michael Jordan. Por un momento aquella coraza que construyó durante años alrededor de su persona para poder hacer frente a la incomparable presión que sentía por parte de medios y aficionados, se resquebrajó asomando un resquicio de fragilidad. Tras hablar durante unos minutos sobre su vida actual, volvió a sacar el tema:

«Leí el otro día acerca de Vince Carter y Kobe Bryant en la prensa, y la gente habla de ellos en televisión como si fueran Michael Jordan. Y eso hace que el competidor que hay en mí se rebele, porque no entienden que Jordan ya hizo todas esas cosas antes»

Tras una pausa, se controló. ¿Que pretendía decir con todo aquello?

«Extraño la locura de estar ahí fuera. El juego, todo… Realmente me encantaría jugar con esos tipos, pero yo…»

Se había convencido a sí mismo de que había sido atrapado por las circunstancias en Chicago, cuando se retiró a principios de 1999.

«No quería renunciar», dijo. «No habría renunciado si Phil no lo hubiera hecho. No tiene comparación este trabajo con lo que hacía como jugador. Estar en la cancha, el tacto del balón, los aficionados, sentir la adrenalina a través de ti cuando el partido está en el aire. De ninguna manera se compara con esto, pero ese tiempo ya pasó, y no quería que fuese así»

El silencio hizo su presencia en aquel amplio habitáculo. El anuncio de su vuelta a las canchas como jugador de los Wizards se hizo 9 meses después, pero se gestó mucho antes, en una tarde de invierno en la que se dio cuenta de que el golf no podía ser un sustituto de la pasión por el baloncesto que todavía llevaba dentro, y sobre todo por la angustia que le producía la posibilidad de ser olvidado.

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