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La Laguna Tenerife: Los viejos rockeros nunca se rinden

Hablar de La Laguna Tenerife es hablar de un equipo que ha llevado la claridad táctica a otro nivel. En una Liga ACB cada vez más marcada por el talento individual, el ritmo alto y cierta improvisación, el conjunto de Txus Vidorreta representa casi una anomalía: un equipo que no necesita correr más que el rival, ni saltar más alto, ni siquiera tener más talento puro para competir.

Lo que tiene es algo mucho más difícil de construir: identidad. Y eso se traduce en una sensación constante cuando los ves jugar: todo tiene sentido. Cada ataque, cada pase, cada decisión responde a una lógica colectiva.

La eficiencia como forma de dominar partidos

Los números de Tenerife no son simplemente buenos; son coherentes con su forma de jugar. No destacan por volumen, sino por calidad. No buscan tener más posesiones, sino aprovechar mejor cada una.

Ser el mejor equipo en porcentaje de triple de la liga no es solo una cuestión de acierto, sino de selección. Lo mismo ocurre con su presencia en el top en tiros de dos o en tiros libres: todo está construido desde la toma de decisiones correcta.

Además, hay un dato que define perfectamente su filosofía: son el equipo que menos balones pierde en la ACB. En un baloncesto donde muchos partidos se rompen por errores no forzados, Tenerife elimina ese factor casi por completo. Esto les permite competir siempre. Incluso en partidos donde el rival tiene más talento o más físico, el equipo canario se mantiene dentro porque simplemente comete menos errores.

No te gana por aplastamiento. Te gana por desgaste.

Patty Mills, el último rockero

Dentro de un sistema tan estructurado, la llegada de Patty Mills introduce un elemento que puede ser decisivo en el tramo final de la temporada.

Porque hay algo que este tipo de equipos, por definición, no siempre tienen: improvisación. Ese momento en el que una jugada no sale, el sistema se rompe, y alguien es capaz de generar ventaja desde la nada. Mills aporta exactamente eso.

No necesita contexto perfecto. No necesita una ventaja previa. Puede crearse su propio tiro, asumir responsabilidades en momentos calientes y, sobre todo, cambiar dinámicas de partido en cuestión de segundos. En temporada regular es un plus. En playoffs, puede ser diferencial.

Porque cuando los sistemas se conocen, cuando los rivales se ajustan y cuando cada posesión pesa más, ese tipo de jugador marca la diferencia entre competir… y ganar.

Huertas: Jugar a otro ritmo, pensar a otra velocidad

Y luego está Marcelinho Huertas, que sigue siendo el verdadero eje sobre el que gira todo. Más allá de los números, su impacto está en algo menos visible pero mucho más determinante: la gestión del tiempo y del espacio en el partido. Huertas no solo dirige, interpreta. No solo ejecuta, anticipa.

En una liga llena de bases explosivos, su ventaja no es física, sino mental. Siempre parece ir una jugada por delante. Detecta desajustes antes de que ocurran, entiende cuándo acelerar y, sobre todo, cuándo frenar.

Eso convierte a Tenerife en un equipo muy difícil de descomponer. Porque cuando el rival intenta romper el ritmo, Huertas lo recompone. Cuando el partido se acelera, él lo enfría. Y en partidos, donde cada detalle cuenta, ese control es un activo enorme.

El día que dejaron de ser “sorpresa”

La victoria en la pista del Real Madrid no es un resultado aislado. Es un punto de inflexión en la percepción del equipo. Ganar allí, en un contexto donde prácticamente nadie lo ha hecho, no se explica solo por un buen día. Se explica por un equipo que sabe exactamente cómo competir ese tipo de partidos.

Tenerife no necesita dominar para ganar. Necesita mantenerse fiel a su plan el tiempo suficiente. Y cuando el partido entra en los últimos minutos, donde todo se decide en pequeños detalles, su precisión marca la diferencia. Ese triunfo no cambia lo que son. Pero sí cambia cómo los miran los demás.

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