jueves, abril 25, 2024
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Mahmoud Abdul-Rauf, sobreviviendo a Tourette

Mahmoud Abdul-Rauf estaba inmerso en una tarea aparentemente fácil para una persona sin ningún tipo de patología. Momentos antes de un entrenamiento matutino y el escolta de los Nuggets estaba tratando de atarse las zapatillas. Midió los cordones cuidadosamente para que estuvieran parejos por cada lado, luego comenzó a pasarlos por los ojales.

«Demasiado corto de un lado», decidió Abdul-Rauf. «Hazlo otra vez.» Lo intentó por segunda vez. «No está bien».

Lo intentó una tercera ocasión. Seguía sin agradarle. ¿Alguna vez lo haría bien? Un rictus de concentración estaba grabado en su rostro mientras lo intentaba una y otra vez. Finalmente, después de veinte minutos, los cordones coincidieron perfectamente en ambos lados. Mahmoud Abdul-Rauf respiró aliviado. Lo que la mayoría de los niños podrían hacer en un minuto o dos era una tarea titánica para él. Algo a lo que tenía que enfrentarse cada día en su vida profesional y personal. Aquel exceso de perfeccionismo le estaba atormentando desde su infancia debido a que padece síndrome de Tourette, un trastorno neurológico del cerebro.

«Un día normal es un esfuerzo titánico para mi. Lucho conmigo mismo cada mañana al levantarme. Me visto, tardo en ponerme la camisa diez minutos. Si no lo hago así, me siento mal. Con el resto de la ropa y el calzado pasa lo mismo.»

No es el único síntoma de Tourette. Abdul-Rauf no puede pasar un día sin algún signo de su peculiar trastorno. Puede hacer todo tipo de caras extrañas que podrían hacerte sonreír, pero no se está divirtiendo. Las muecas y los tics repetitivos pueden tomar el control de su cuerpo. Y luego están los sonidos inesperados. Puede estar solo o en una multitud y de repente deja escapar un grito fuerte o un gruñido. La gente le mira. A veces es un resoplido, o puede que realmente ladre, y no puede detenerse. Todo es involuntario. Esta enfermedad es un misterio, tan misteriosa hoy como cuando fue descrita por primera vez por el neurólogo francés Gilles de la Tourette en 1885. Unos 200.000 estadounidenses sufren de Tourette, pero no se exhiben frente a una masa numerosa que representa el conjunto de aficionados de una liga como la NBA. Mahmoud Abdul-Rauf ha logrado sobrevivir y prosperar en este clima a pesar de su trastorno.

Nació como Chris Jackson en Gulfport, Mississippi, un pueblo de playas y canchas de baloncesto cerca del Golfo de México. Cuando era un niño, su madre le regaló una pelota de baloncesto que llevaba consigo a donde quiera que fuera. Fue algo premonitorio. Había muy pocos momentos en su vida en los que no sostenía una pelota de baloncesto entre sus manos. A poca distancia de su casa había unas canchas, y Chris era uno de los muchachos que más las frecuentaban. En el primer partido que jugó de manera organizada con el equipo de su colegio en cuarto grado, anotó 21 puntos y desde entonces se hizo un adicto a los gritos de ánimo y las ovaciones de las masas. Idolatraba a Julius Erving. Cada vez que llegaba a una de esas canchas, trataba de copiar los movimientos del Dr. J.

Durante los veranos, jugaba desde el amanecer hasta bien entrada la noche. En invierno, madrugaba para practicar antes de ir a la escuela. Cuando llegaba a casa, volvía a practicar. Pero no lo hacía de la misma forma que el resto de los niños. Cada lanzamiento que anotaba tenía que ser de manera perfecta, casi sin llegar a tocar a la red. Cada vez que esto no ocurría, para él era como si hubiera errado el tiro. No se encontraba bien con esa situación. Sin saberlo, el síndrome de Tourette, jugó un papel crucial en su desarrollo como jugador de baloncesto. Aquella rutina era agotadora, tenía que completar un ejercicio perfecto, si no lo hacía, tenía que volver a empezar desde el principio.

El entrenador de Gulfport High School, Bert Jenkins, vio su ética de trabajo y pensó: «¡Qué perspectiva!». No podía esperar para tenerlo bajo sus órdenes. No sabía lo que suponía tener a Chris en el equipo cuando su búsqueda de la perfección de Chris Jackson interrumpía las sesiones de entrenamiento (de forma involuntaria) A Jenkins le gustaba comenzar cada entrenamiento haciendo que sus jugadores lanzaran veinte tiros libres. Tenían que lanzar 20 tiros y, luego interrumpir la serie cuando fallaran el primero tras esos 20. Chris Jackson lanzaba sus veinte tiros y luego seguía lanzando y anotando, lanzando y anotando…. Un día llegó a 283. Para demostrar que no había sido algo casual una semana más tarde anotó 267, al día siguiente 243. Pasaban más de 45 minutos hasta que fallaba un tiro libre. Después de esas tandas acababa exhausto mentalmente. Además habían consumido la mitad del tiempo de entrenamiento. Pero esto no era un problema que afectaba solamente a su vida como deportista. Esta búsqueda continua de la perfección le hacía incurrir en eternas repeticiones en tareas cotidianas que afectaban a todos los que estaban a su alrededor.

Jackson tenía fama de un chico rarito o eso es lo que sus vecinos pensaban mientras le veían contraerse incontrolablemente, emitir sonidos extraños sin motivo aparente, o abrocharse y volver a abrocharse el cinturón de seguridad en un automóvil innumerables veces. En High School, su condición empeoró. Se paraba frente a un espejo y observaba cómo sus hombros se sacudían, sus ojos parpadeaban salvajemente.

«¡Dios, ayúdame a parar!» Lloraba hasta quedarse dormido, preguntándose qué estaba mal en su organismo. Llegaba hasta el punto de desconectar sus sentidos del mundo exterior. «Tenían que tocarme o gritarme para despertar del trance en el que estaba sumido».

En primera instancia, los médicos le diagnosticaron erróneamente a Chris epilepsia. Le dieron pastillas. Pero sus efectos fueron nocivos y, a veces, fingía tomarlas y luego las escondía. Los síntomas continuaron, particularmente su obsesión por alcanzar la perfección. Leer se convirtió en un desafío. «Cada frase tenía que salir exactamente de mi mente, y al mismo tiempo salir de mis labios justo cuando la digo en voz alta, para conseguir el significado correcto. Cuando era un niño a veces me pasaba una hora logrando que una oración fuera perfecta».

¿Podría ser algo heredado de su madre Jaqueline Jackson que ya manifestaba algunos de estos síntomas?. Su madre conducía hacia su puesto de trabajo, y en mitad del camino daba la vuelta para verificar si había cerrado bien la puerta de su casa o había apagado las luces. Lil Jenkins, la esposa del entrenador y ex enfermera, estaba preocupada por Jackson y quiso confirmar sus sospechas al respecto del comportamiento. Consultaron a varios médicos que ratificaron que lo que padecía Chris era síndrome de Tourette.

«Cuando descubrí que había un nombre para lo que tenía, me sentí mucho mejor. Sabía que no era el único en el mundo, y había algo que se podía hacer para mitigar los síntomas».

Le prescribieron medicación para ayudar a controlar el trastorno, aunque a veces le dejaban secuelas en forma de agotamiento físico. Sin embargo, todavía le quedó la suficiente energía para liderar a su equipo a dos campeonatos estatales y ser nombrado dos veces Jugador del Año de Mississippi. Las cartas y llamadas de teléfono de universidades de todo el país se contaban por dedenas. Jackson se decidió por la universidad de Louisiana State y su entrenador Dale Brown, en contra de los deseos de su madre. Chris Jackson impactó desde el principio.

En su tercer partido como jugador de los Tigers anotó 48 puntos, algo sorprendente para un jugador de primer año. Pero aquello no acabaría ahí, unos días después, Jackson jugó su primer partido como visitante cuando LSU viajó a Gainesville para jugar contra la Universidad de Florida, uno de los mejores equipos del país. Cuando Jackson salió del hotel con el entrenador asistente de LSU, Craig Carse, estaba preocupado por el partido.

«¿Son tan buenos? ¿Qué podemos hacer para ganarles?» Jackson le preguntó a Carse. «Bueno, si logras anotar cuarenta puntos, tendremos una oportunidad», respondió Carse.

Antes del partido, uno de los jugadores de Florida le dio una palmada a Jackson en la nuca para tratar de intimidarlo. Fracasó. «Cuando le dieron ese golpe a Chris en la cabeza, supe en ese mismo momento que habían perdido el partido». Recordaba Carse. «Es tan competitivo que si tratas de intimidarlo o empujarlo, no tendrás ninguna posibilidad contra él». Jackson anotó 53 puntos, récord histórico de la NCAA para un jugador de primer año, y LSU venció a los Gators, 111-101. Jackson tuvo un primer año espectacular, con un promedio anotador de 30.2 puntos por partido, también tope histórico para un freshman. Se convirtió en el segundo jugador en la historia de la universidad en ser incluido en el primer equipo All-America de Associated Press siendo freshman. Su segundo año transcurrió prácticamente por los mismos derroteros. Jackson anotó dobles dígitos en 63 de los 64 partidos que había jugado.

El gimnasio era su segunda morada. Una mañana, después de fallar 14 de sus 23 tiros contra Kentucky la noche anterior, despertó al encargado de mantenimiento para que le abriera la cancha y pudiera lanzar a canasta. Jackson estuvo allí hasta que realizó todos los ejercicios que se propuso sin tener un solo fallo. Aunque la frecuencia de los síntomas del síndrome de Tourette habían disminuido, a veces se manifestaban sin previo aviso en mitad de un partido o un entrenamiento. De repente exclamaba a gritos un «Whoops» o un «Ba-boom». Compañeros y rivales se sorprendían y se sobresaltaban por este hecho. Fue castigado con varias faltas técnicas cuando algunos árbitros consideraron sus involuntarios tic faciales como una muestra de burla o falta de respeto. Dale Brown en repetidas ocasiones tenía que defender a su jugador y explicar a los árbitros las causas de su comportamiento. En el vestuario, ninguno de sus compañeros quería sentarse a su lado por el riesgo a terminar con moretones. En un movimiento incontrolado de su cuerpo podía propinar golpes a aquellos que se encontraban a su alrededor.

Fueron varias las ocasiones en las que fue requerido para ser entrevistado en televisión tras los partidos. Jackson luchaba contra su enemigo interno, trataba de controlar todos esos impulsos y mantener la compostura lo mejor que podía. Tras finalizar la entrevista salía corriendo y se dirigía al vestuario donde podría dejar salir sus emociones reprimidas. «Hubo momentos en los que estaba a punto de explotar», recordaba Dale Brown. «Cuando se retorcía y ladraba, sus compañeros tenían que agarrarlo de las manos y rodearlo con los brazos».

Jackson era uno de los atletas más populares de LSU. Los aficionados acudían al Pete Maravich Assembley Center para ver sus evoluciones antes que para animar a su equipo. Ni siquiera la llegada de un joven Shaq poco tiempo después levantó tanto revuelo. Los niños se identificaban fácilmente con él, jamas rechazó un autógrafo. Tras una derrota en Alabama, una mujer se acercó al entrenador Brown. Su hija tenía síndrome de Tourette y quería conocer a Chris. El entrenador las acompañó hasta el hotel y llamó a Chris que estaba a punto de sentarse para comer. Salió para conocerlas y una hora después cuando el asistente del equipo fue a buscarle, todavía seguía conversando con ellas. «Recibimos bolsas de correos de niños que tenían Tourette y se habían sentido inspirados después de escucharlo», dijo Brown. Todos empatizaban con él por su enfermedad y su origen humilde. No en vano se crió en una extrema pobreza, sin padre, y una casa que se caía a pedazos como hogar.

Un día regresó a casa de su madre tras acabar el semestre. Abrió el frigorífico y solo había una docena de huevos y agua. Mas tarde el fregadero se desprendió de la pared de yeso y se estrelló contra el suelo. Fue en ese preciso instante cuando decidió que dejaría la universidad y se declararía elegible para el draft. «Mi madre no podía seguir viviendo así. Tenía que conseguir dinero para resolver aquella situación»

Los Nuggets le draftearon sin tener en cuenta su patología. Antes de presentarse al campus de verano, le dijeron que tenía que ganar volumen, pero cuando se presentó al training camp había ganado demasiado peso. Su condición física no era la ideal para seguir el ritmo de un sistema ultraofensivo como el del entrenador Paul Westhead. Ése no fue su único problema. Jackson nació con un defecto congénito en uno de sus pies, que le causaba un tremendo dolor. Tuvo que pasar por el quirófano y se perdió 14 partidos. Su relación con Westhead no fue nada buena, se sentía frustrado y enojado. Su segunda temporada, lejos de mejorar su situación, fue a peor. Tuvo muchos minutos de juego y sufrió algunas de las consecuencias del síndrome de Tourette. Si salía al campo y fallaba sus dos o tres primeros lanzamientos se borraba del partido.

Todo cambió cuando Issel reemplazó a Westhead como entrenador. «Lo había visto en la universidad y sabía qué tipo de jugador era», dijo Issel. «No sabía qué había ocurrido entre él y Paul, pero esto sería un nuevo comienzo». Su vida dio un giro de 180º, no solo por el cambio de entrenador, sino por su conversión al Islam. Cambió su nombre por el de Mahmoud Abdul-Rauf. La religión le ayudó a aceptar su condición. “Creía que el síndrome de Tourette era una aflicción que tenía que soportar. Lo había aceptado». Trabajó duro durante el verano. Desde el amanecer hasta el anochecer. Como en los viejos tiempos. Se presentó al training camp de la temporada 1992-93 en la mejor condición física de su carrera. Sus estadísticas de la temporada lo demostraron. Este cambio a mejor quedó patente cuando fue nombrado jugador más mejorado de la NBA. En la temporada 1993-94, falló solo 10 tiros libres, acabando con un porcentaje del 95,6%, el segundo mejor de toda la historia de la NBA. Estaba sobreviviendo al síndrome de Tourette.

«Cuando estoy en la cancha me doy cuenta de que tengo tics, pero realmente no los noto como algo que moleste a mi juego».

Desgraciadamente, el camino de paz y búsqueda de la perfección que tomó al elegir el Islam como modo de vida, fue truncado por un acontecimiento que acabó con su carrera deportiva, pero ese tema lo trataré en otra ocasión con el rigor que merece y huir de la frivolidad.

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