jueves, abril 25, 2024
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Oscar Robertson, atrapado en Cincinnati

Oscar Robertson estaba a punto de comenzar su año junior en la universidad de Cincinnati, tras un primer año extraordinario como jugador de los Bearcats en el que promedió más de 35 puntos y 15 rebotes. Ya se había labrado un nombre a lo largo de todo el país. Abe Saperstein, dueño de los Harlem Globetrotters que había reclutado el año anterior a Wilt Chamberlain, comenzó a cortejar al base de Cincinnati, consciente que Chamberlain debutaría en la NBA al año siguiente. Estaba abonando el terreno para su próxima incorporación estelar.

Willie Gardner, uno de los jugadores de los Trotters, había jugado en el mismo equipo de high school que el hermano de Robertson en Crispus Attucks. Saperstein utilizó a Gardner como intermediario para intentar convencerle de que se uniera a ellos. Saperstein era una persona que no aceptaba de buen grado una negativa. No en vano, en su momento amenazó a todas las franquicias de la NBA con no volver a jugar en sus pabellones partidos de exhibición si comenzaban a reclutar jugadores de color. Su soberbia había llegado a tal grado que pensaba que cualquier jugador de raza negra solo podía jugar profesionalmente para él. Conociendo la personalidad de Saperstein y que éste había presionado hasta el extremo a Gardner, Oscar Robertson se entrevistó con él. Creía que si declinaba la invitación para hablar con Saperstein, éste tomaría represalias contra Gardner.

Saperstein le pintó un cuadro muy bonito con bellos paisajes. Le habló de viajar por todo el mundo, visitando todos los continentes mientras jugaba a baloncesto. Le ofreció una cantidad de $17.000 al año. Pero a Robertson no le seducía aquella idea, era un jugador que adoraba jugar al baloncesto y aunque su físico era un don de los Dioses comparado con el que poseían la mayoría de jugadores, su juego era completamente académico, basado en los fundamentos individuales y colectivos. El juego de los Globetrotters era la antítesis de su interpretación del baloncesto. Probablemente a un jugador con el talento de Robertson no le habría costado adaptarse e incluso aprender nuevos trucos. Wilt Chamberlain confesó que su época en los Trotters había ampliado su repertorio, pero Robertson no estaba dispuesto a hacerlo por $17.000. Saperstein insistía, pero Robertson le rechazaba una y otra vez:

«Abe tienes que escucharme. Lo primero de todo es que me apetece, y en segundo lugar, tengo una gran reputación y me voy a hacer un hueco entre los profesionales».

El temor a una lesión era una espada de Damocles que pendía de un hilo sobre la carrera de los grandes jugadores universitarios. Después de la repercusión que tuvo su primer año compitiendo en la NCAA, Robertson sería el objetivo principal a desactivar por todos los rivales de Cincinnati. Robertson se preparó a conciencia durante ese verano, entrenando e intentando incorporar nuevas herramientas a su juego. Entrenó con los atletas con mejor salto para mejorar su tiro en suspensión, con los más corpulentos para mejorar la absorción de los impactos.

Oscar Robertson Royals

Cincinnati se presentaba con grandes ilusiones ante una temporada que prometía ser la eclosión de un gran proyecto. Estaba en el ranking de Associated Press como uno de los 20 mejores equipos del país. Una de las claves del buen funcionamiento de los Bearcats, además del rendimiento sobre la pista, fue la unión que demostró toda la plantilla, y cómo afrontaron los problemas relacionados con la segregación social. Solo él y John Bryant entre todos los jugadores de Cincinnati eran afroamericanos, pero a efectos prácticos las discriminaciones que sufrían eran problema de todo el equipo. Ni siquiera dentro de la propia universidad de Cincinnati se le permitía unir a una fraternidad deportiva honoraria para conseguir las famosas y cinematográficas “letters», bordadas en sus chaquetas. Era una estrella, sí, pero una estrella de raza negra. Debido a esto su vida en la universidad fue siempre muy discreta: básicamente todo se reducía a entrenar e ir a clase.

Cuando apenas llevaban un mes de competición, Cincinnati se desplazó para disputar el Dixie Classic en North Carolina, un torneo que duraba tres días. Al salir de la terminal del aeropuerto, hasta el más mínimo detalle les recordaba que estaban en un estado en el que la segregación racial estaba profundamente arraigada. Una fuente con dos caños estaba señalada con dos pequeñas etiquetas en cada una de las tuberías: una era para “colored” (de color) y otro era para “white” (blancos). El autobús que les recogió pasó de largo los hoteles del centro de la ciudad y les llevó hasta una vieja fraternidad desocupada en la universidad de North Carolina State. Ningún hotel del centro de Raleigh aceptaba huéspedes de raza negra. Antes de esa gira que también incluyó viajes a Houston, Denton, y Saint Louis, Robertson había advertido a su entrenador George Smith que si les iban a separar de sus compañeros, tanto él como Bryant, no viajarían. Mientras tanto el propio entrenador y algunos representantes de la universidad de Cincinnati se hospedaban en el centro de Raleigh.

“Mis compañeros siempre nos apoyaron, nunca se plantearon alojarse en un hotel que no aceptara a dos de los suyos, simplemente por el color de su piel, sin embargo la universidad conocía el contexto y el entorno al que nos íbamos a enfrentar y nunca rompió una lanza por nosotros, fueron cómplices pasivos de esta situación”.

Justo antes del partido inaugural del torneo, Robertson recibió una carta de The Great Wizards of Ku Klux Klan que decía: “No se te ocurra venir al Sur”. Cuando el equipo de Cincinnati saltó a la cancha, el pabellón estaba poblado con pancartas que replicaban expresiones como “NIGGER”, “PORTER”, O “REDCAP”. Dave Budd, quien años más tarde jugaría en los Knicks, se encargó de su marcaje, y ante la permisividad de los árbitros, agarró y golpeó a Robertson durante todo el partido. No era algo intencionado, sólo un marcaje férreo de los que algunas de las estrellas universitarias recibían por entonces, pero en esta caso el comportamiento de Budd fue jaleado y vitoreado por los aficionados. Robertson aprendió a reconocer cuando había malicia o no en el comportamiento de sus defensores y a mantener la calma. Recibimientos como éste se replicaban en todas las localidades y en las pistas del sur con mayor o menor intensidad. En cierta ocasión tras ser testigo una noche tras otra del tratamiento que se dispensaba a Robertson por esas latitudes, el coach Smith entró al vestuario y le dio un abrazo a su jugador entre lágrimas.

“Aquellas lágrimas de un hombre hosco me demostraron que también tenía un corazón y probablemente hicieron que me quedara en Cincinnati un año y medio más”.

El resto de la gira estuvo llena de tensión y sembrada de agresiones verbales y conatos de agresión hacia Robertson y Bryant. Para Robertson era una demostración de racismo execrable, pero al fin y al cabo, sabían que estaban en territorio “apache”. Había otro tipo de prácticas que se realizaban en su propio entorno, en la universidad de Cincinnati que le hicieron abrir los ojos y comprobar de qué manera había un racismo latente, no tan manifiesto, pero sí institucionalizado. Robertson trabajaba para Cincinnati Gas and Electric, Procter & Gamble como parte del Co-Op Program, un acuerdo a tres bandas entre un empleador, una universidad y un estudiante que permitía a los estudiantes trabajar y tener ingresos. Cuando la Cincinnati Gas and Electric dejó de ser colaboradora del programa, a Oscar Robertson y todos los estudiantes que trabajaran para esta compañía se les obligó a pagar su alojamiento en la universidad. Robertson encontró otro trabajo en la Thomas E. Wood Insurance Company, cuyo propietario era el principal accionista de los Cincinnati Royals, la NCAA tomó cartas en el asunto y prohibió a Robertson trabajar para ellos aunque algunos de sus compañeros siguieran trabajando para la misma compañía. No quedó ahí la cosa, a Robertson se le denegó el acceso al Co-Op Program y no pudo trabajar durante el resto de su carrera universitaria.

Mientras tanto continuaba la exitosa temporada de Cincinnati y Oscar Robertson. Los Bearcats llegaron a encadenar 16 victorias consecutivas y Robertson terminaría promediando 32,6 pts 16,3 reb y 6,9 ast. Los calificativos sobre su juego se agotaban. Newsweek sacaba un artículo el 19 de enero de 1959 titulado ¿COMO PARAR A OSCAR ROBERTSON?. En él se hacía un análisis de su juego y se preguntaba a muchos de los entrenadores y jugadores rivales sobre como poder limitar su producción. Joe Lapchick, entrenador de St. John’s decía sobre él: “Hace de todo sobre el campo, y todo bien. ¿Cómo puedes parar a un jugador así?”. Frank Maguire, de North Carolina, exponía su teoría: “La única manera de pararle es que no reciba el balón. Siempre teníamos a dos jugadores encima de él para impedir que recibiera”. (Aún así Robertson anotó 29 puntos frente a los Tar Heels). Dan Englehardt, base de North Carolina State explicaba como prácticamente tenía sus manos en la cara de Robertson en cada tiro que lanzaba. “No parecía molestarle demasiado, anotaba a su antojo”. Guy Phillips destacaba su facilidad para hacer caer en las fintas a sus rivales: “Debes fijarte en su cintura, si estás mirando su cabeza o sus hombros, te engañará”. Uno de los que menos impresionado estaba con Robertson era el alero Tom Sanders, quien años más tarde se convertiría en uno de los perros de presa de Red Auerbach en los Celtics. Decía de Robertson que “no es muy duro, ni muy rápido, ni sus fintas son tan buenas”. Al bueno de “Stach Sanders” se le olvidó decir que ese día Big O anotó 45 puntos sobre su defensa. El más singular de todos en dar una solución fue el entrenador de New York University, Lou Rossini: “Pon a tus cuatro mejores hombres a defenderle, y luego dile al otro miembro del quinteto que defienda al resto de compañeros de Robertson, quizás así tengas alguna esperanza”.

Todos querían hablar con Oscar Robertson. Un día el coach Phillips le llamó a su despacho y le comentó que Jeremiah Tachs, un periodista de Sports Illustrated iba a viajar a Cincinnati para entrevistarle. “Sports Illustrated es una de las publicaciones más influyentes del país. Tienes que hablar con ellos”. Robertson acató las órdenes de su entrenador y se reunió con el periodista de la revista en su habitación. Allí hablaron sobre Bill Russell y el tratamiento que la gente le había dado en Boston y sus problemas con el racismo, luego hablaron sobre la universidad de Cincinnati, y también salió a relucir su entrevista con Abe Saperstein, algo que sorprendió muchísimo a Robertson. Creía era algo que solo sabía su entorno más cercano y el de Saperstein. Fue muy cauteloso al responder a estas preguntas por si acaso podía decir algo que la NCAA considerara motivo de denuncia por violar las leyes sobre el amateurismo. Unas semanas después cuando el artículo fue publicado se armó un tremendo revuelo. Jeremiah Tach, según la versión de Oscar Robertson, había manipulado varias de sus citas. El coach Smith llegó tremendamente enojado a su oficina el día que el número de Sports Illustrated salió a la luz, Robertson no había leído nada sobre aquella entrevista en la que se citaba al jugador diciendo entre otras cosas que no era feliz en Cincinnati, también dio a entender que Robertson no había negado nada cuando el reportero le preguntó sobre si sus compañeros no estaban a su altura, y por último reflejó en el artículo que había declarado su deseo por jugar en los Globetrotters. También afirmaba que esta posibilidad estaba tomando fuerza porque Robertson tenía cada vez menos interés en sus estudios. Incluso plasmó en el papel que Robertson no había escondido su deseo por jugar en New York o Philadelphia, porque en esos lugares se obtiene más prestigio.

El coach Phillips y Robertson discutieron porque el primero quería que su jugador se disculpara ante los medios y explicara a la prensa que sus palabras se habían tergiversado. Robertson se negaba a justificarse porque él no había dicho ninguna de esas palabras. La situación se volvió bastante tensa. El entrenador estaba preocupado por la reputación de la universidad. Robertson era un personaje no demasiado locuaz con la prensa que se había acostumbrado a sus respuestas escuetas. Todos los medios de Cincinnati, comenzaron a quejarse de un trato de favor hacia la prensa de New York o hacia medios influyentes como Sports Illustrated. Robertson explicaba que ninguno de ellos se había tomado la molestia de intentar conocerle un poco, y por qué actuaba de esa manera. también les reprochaba que cuando relataba alguna de las situaciones que habían vivido en el sur de Texas o de Missouri o North Carolina, no sintieron ninguna curiosidad y ni siquiera se hacían eco del trato que se les dispensaba. Solo le veían como un niño negro que tenía una especial habilidad para jugar al baloncesto y que solo quería hablar con los periódicos de las grandes ciudades.

Estos enfrentamientos sembraron la semilla de la discordia entre Robertson y la prensa de Cincinnati, que vio como no solo tuvo que enfrentarse al recibimiento por parte de aficionados y lugareños en algunas partes de la geografía de Estados Unidos, a la discrimianción racial de las instituciones, al trato abusivo de los propietarios de las franquicias con los trabajadores (los jugadores). Además de todo esto, Oscar Robertson, como le pasó a Bill Russell durante gran parte de su carrera, fue vilipendiado por la propia prensa de Cincinnati, donde estuvo jugando durante toda una década más para los Royals en la NBA.

“Si hubiera desarrollado mi carrera NBA con los Celtics o los Lakers o en cualquier otra ciudad que no fuera Cincinnati, nada de esto habría importado. Habría tenido la oportunidad de establecer nuevas relaciones con otros periodistas deportivos de esa ciudad, habría seguido adelante sin problemas. Pero los Royals ya tenían mis derechos, así que terminé jugando diez años más en Cincinnati, tratando con los mismos periodistas y editores. No me importaba lo que escribieran de mí como persona, pero sí exigía que fueran honestos sobre lo que pasaba en la cancha”.

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