lunes, febrero 6, 2023
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Rasheed Wallace, el talento rebelde

Durante su estancia en Chapel Hill y en los más de 15 años de su carrera en la NBA, Rasheed Wallace ha sido una figura que no ha dejado a nadie indiferente. Su histrionismo proporcionó a los aficionados y a los medios una figura «polarizadora» como muy pocas. La fascinación o el rechazo que causaban sus diversos problemas extradeportivos o disciplinarios parecían concitar más interés que su juego, el cual sin ningún atisbo de duda tenía muchas aristas. Tenía talento, no el suficiente para liderar por sí mismo a un equipo, pero sí lo bastante para estar en la élite de los jugadores de su posición. Ese personaje que dentro de una cancha se tornaba en alguien iracundo con un permanente conflicto interno por un autopercibido trato de injusticia recibido especialmente por los árbitros, dejó que fagocitara al Rasheed Wallace jugador de baloncesto. Siempre será más conocido por su «Ball don´t lie», por su afición a la marihuana y los problemas que le acarreó con la justicia, ser un coleccionista de faltas técnicas, su papel desintegrador en un equipo de talento como los Blazers o su desaparición e el último cuarto del partido más importante de los Blazers en los últimos 30 años. Aún así siempre ha tenido sus acólitos, y es uno de los jugadores que más fascinación ha levantado entre todos los aficionados por ese carácter rebelde. Jugadores como él, Iverson o Rodman desterraron el mito de que los aficionados solo eran seducidos por aquellos atletas que tenían un comportamiento sin mácula dentro y fuera de las canchas, un modelo de ejemplaridad a imitar. Todo lo contrario, en sus salidas tono y su carácter irreductible, muchos jóvenes se sintieron reflejados, era un símbolo de su lucha contra el poder establecido.

Mucho antes de ser proclamado como uno de los villanos de la NBA, Rasheed Wallace era considerado como uno de los jugadores con más futuro de la nación. Eran los días en los que reinaba en Simon Gratz, el equipo con mejor récord de la historia en una temporada (31-0) entre los equipos del estado de Pennsylvania. Sus números no eran estratosféricos, pero su impacto en el juego era brutal, destacando por su defensa, y coordinación para un jugador de su altura. Rasheed era uno de esos jugadores altos que comenzaron a proliferar en la liga capaces de botar, pasar y tirar como un jugador exterior. En la final estatal de 1993 anotó 16 puntos, capturó 16 rebotes, robó 6 balones y puso 6 tapones. Se hablaba por entonces que podría ser el próximo hombre alto protagonista en la liga tras Shaquille O’Neal.

Aterrizó en Chapel Hill, con los recuerdos todavía recientes de los festejos por el título conseguido ante los Fab Five de Michigan. La remesa de jugadores novatos llegados ese año (Rasheed Wallace, Jeff McInnis, Jerry Stackhouse, Derrick Phelps) prometía un éxito prolongado. Era un equipo de grandes contrastes: un grupo de jóvenes jugadores con un corte diametralmente opuesto al de los veteranos jugadores, los Montross, Donald Williams, Brian Reese o Kevin Salvadori, paradigma del juego académico.

Rasheed Wallace se convirtió en la figura central de la guerra civil de Chapel Hill entre el viejo y el nuevo mundo. Rasheed procedía de Philadelphia, una gran urbe, nada que ver con los jugadores que reclutaba Dean Smith de otras partes de la geografía norteamericana. Sí, es cierto, Dean Smith había reclutado jugadores de las grandes ciudades del noreste antes, pero ninguno había llegado con la reputación de Rasheed.

Antes de ingresar en North Carolina, Wallace había fracasado en múltiples ocasiones en el SAT. Su fama de jugador polémico ya le precedía entonces cuando fue famoso por ser expulsado del McDonald’s All American Game, un encuentro entre los mejores jugadores de high school del país. Tampoco tuvo mucha popularidad entre sus compañeros de equipo. A las pocas semanas de estar en North Carolina se enfrascó en una pelea con Eric Montross y le amenazó: «Tu puesto es mío». Todas estas incidencias dieron lugar muchas leyendas sobre Wallace en el campus, se colgó una etiqueta de una jugador problemático.

Cuando su nombre salía en una conversación, se hablaba de talento desperdiciado, de incapacidad para gestionar su ira, de egoísmo y falta de disciplina. Fue algo que le acompañó durante toda su carrera. Rasheed dividió a los aficionados, entre aquellos que entendían la disciplina y un código de conducta impoluto como valores indisolubles del buen jugador de baloncesto y aquellos que querían romper con todas las tradiciones morales alrededor de la NBA. En cualquier caso, cualquier noticia de la que Wallace fuera protagonista, se amplificaba , para bien o para mal, en función de quien narrara el relato.

En su caso siempre existía un agravante, la del potencial desaprovechado. Su caso era diferente al de Iverson, otro díscolo y renegado del sistema. Al pequeño escolta se le atribuía también una serie de conductas alejada del estándar moral, pero nunca se puso en tela de juicio si estaba jugando a la altura de su talento. No existía esa percepción sobre Rasheed. Los más críticos fantaseaban con un jugador que podría haber promediado 25 puntos por partido y haber conseguido múltiples campeonatos como primer espada de un proyecto si hubiera desarrollado una mejor ética de trabajo.

Fue el mejor jugador de los Blazers durante muchas temporadas, pero nunca alcanzó el grado de popularidad que alcanzaron otros jugadores antes que él. En un destino como Portland, todos los jugadores están bajo un gran escrutinio. Si sales a la cancha a das la mano y hablas con los niños, te conviertes en poco menos que un Dios en esa ciudad. Esa era la imagen que desprendía Clyde Drexler. Pero si por el contrario no te preocupas por este tipo de detalles, no esperes tener el beneficio de la duda cuando vengan mal dadas.
En sus primeros años en Portland, Rasheed trató de llegar a la base de aficionados más jóvenes pinchando música en un programa de radio de Jammin´, la única emisora de radio de hip hop de esa ciudad. Logró conectar con un reducido número de aficionados, sus incondicionales en el Rose Garden, pero ¿a cuántas personas podría llegar desde ese rincón casi clandestino?. Portland no era el sitio adecuado para ser popular a través del hip-hop. Había un gran sector de abonados que rechazaban de pleno su afición por la marihuana y de sus actitudes casi irreverente con jugadores tan queridos como Sabonis. Hay un punto de hipocresía en todo este asunto. El baloncesto como cualquier otro deporte es una disciplina gobernada por la tiranía de los resultados y cuando el motivo de la presencia de Rasheed en los periódicos era su juego, a nadie parecía importarle el pack completo de Wallace con sus virtudes y sus defectos. Pero cuando los problemas extradeportivos cobraban más importancia que su rendimiento, salían a la superficie todos los reproches almacenados.

Rasheed se convirtió en uno de los chivos expiatorios del séptimo partido de las finales de conferencia del 2000 de infausto recuerdo para los seguidores de los Blazers. Suyos fueron siete de los trece lanzamientos consecutivos que fallaron los Blazers en el último cuarto. En aquel partido los entraron con una ventaja de 15 puntos en el último periodo. Sufrieron un colapso en el que estuvieron 9 minutos sin anotar una sola canasta en juego. Los ecos de la derrota se amplificaron en el caso de Rasheed. Después de aquello jugaría tres temporadas más en Portland, rondando siempre las 50 victorias, pero el equipo cayó en primera ronda cada año. Fue una lenta agonía, la crónica de un divorcio anunciado. Cuando Rasheed llegó a Oregon, le vieron como una especie de The Fresh Prince el personaje encarnado por Will Smith, otro joven con problemas llegado desde Philadelphia. Creyeron que le podían moldear, pero después de casi 8 temporadas, quedó bien claro que Rasheed no era Will.

En Detroit encontró acomodo. Nadie pretendía que fuera otra persona distinta de la que realmente era. No en vano los Pistons creían que su personalidad era la que potenciaba las virtudes que estaban buscando en un jugador para complementar el juego interior de un equipo que había llegado a finales de conferencia un año antes. Es imposible entender el campeonato conquistado por los Pistons sin su presencia. El encaje fue inmediato tanto en el impacto sobre el juego como en la química del vestuario. Es difícil que dentro de 30 años cuando un joven aficionado consulte su cuadro estadístico pueda verse impresionado por un jugador que promedió 14,4 pts y 6,7 reb. Lo que no dirán los números es que a pesar de no haber sido nunca incluido en un equipo All Defensive fue un defensor de élite en el poste bajo, sin necesidad de recibir ayudas o que era un jugador que entendía muy bien el juego, y no tenía ningún reparo en ceder el protagonismo a un compañero si estaba en racha. Desgraciadamente para él, las experiencias negativas de su carrera aunque con menos peso que sus logros, tuvieron más relevancia en la forma en la que sido percibido por el gran público.

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