jueves, febrero 22, 2024

Miss Alisa

Hablando con la almohada llegué a la conclusión de que el arte es como esconder una ventana en una pared. Detalles ocultos en una superficie que, al descubrirlos, le dan una dimensión más a la obra. La sorpresa. Lo inesperado que uno descubre por sí mismo es lo que realmente perdura resonando en la mente.

Por desgracia, no viví la NBA ni el baloncesto de los noventa. Toqué de refilón el del principio de siglo. Recuerdo que cuando me hablaban de Michael Jordan y los Bulls, lo más repetido era que “no sabías con qué te sorprenderían esa noche”. Creo que ese fue el mayor éxito de Michael. La normalización de lo imprevisible. Yo, por aquel entonces, empezaba a jugar al baloncesto en el colegio y buscaba los primeros vídeos de highlights y mixtapes por internet. Jugadores como Iverson, McGrady, Carter, Nash o Nowitzki me enseñaban cosas que ni concebía que se pudieran hacer.

Un día me crucé en la red con un vídeo de los viejos, se notaba en la longitud de los pantalones de los jugadores. Las mejores jugadas de Jordan con Coolio como banda sonora. Las anotaba hasta de colores inventados. Como el pelo de uno de sus compañeros de equipo, pensaba. “Este es el mejor de la historia”. Me lo creí. Desde luego, era el más único. Salvaje pero concentrado. Parecido a los del tour de AND1, pero en serio. Como la diferencia entre un coche de carreras y el coche de tu vecino, al que le gustaría serlo. Diseñado para ganar.

Fue al poco tiempo cuando apareció en mi radar un joven LeBron James. Estaba acostumbrado a ver genios, no a una máquina. Diseñado para ser perfecto. Inesperadamente arte a su manera. Como los replicantes de Blade Runner. Era un torrente de físico y de inteligencia perfectamente encauzado por una habilidad marciana y un temple absoluto. “Sólo se puede tener talento de una manera, derrochándolo” o algo parecido leí hace poco de Miqui Otero. Creo que LeBron es la excepción a la regla; se puede tener talento, no tenerlo, o ser LeBron James.

El caso es que el tiempo pasó y para mí era cada vez más obvio que James era mejor jugador y más completo que Jordan, sin embargo muchos no opinaban igual. Seguían diciendo que era el GOAT, el más grande de todos los tiempos, aun ¿qué es la grandeza realmente? Al final el argumento que me repetían era su mentalidad y su creatividad a la hora de anotar y de hacer ganar a su equipo. También nombraban a Kobe Bryant, aunque siendo un jugador que me encantaba y una superestrella al nivel de los mejores de siempre; nunca llegó a sorprenderme o a impactarme al nivel de otros.

Impactar. Otro argumento que apareció cuando empecé a interesarme por las zapatillas de
baloncesto y el mundillo de la moda deportiva, antes de que se volviera tan establecido como está a día de hoy; es el de la repercusión de la línea de Air Jordan de zapatillas. El impacto en la cultura ha sido devastador. Supongo que todos hemos soñado en algún momento con tener unas, porque nos hicieron creer. En Nike fueron unos genios del marketing al hacer creer a todas las generaciones venideras que por cien euros de goma y tela podrías ser como Jordan.

Con LeBron, desde mi percepción —quizá errónea—, a los cien euros se le añadieron cien mil horas de gimnasio y cancha como subtítulo. No sólo basta con creer, también tienes que trabajarlo. Y además se le añade la masificación. Cualquier mediocre de la NBA tiene su propia línea. A nadie sorprende ya.

Al final, llegué a la conclusión de que el GOAT siempre será Michael Jordan. Fue el que más
impacto tuvo y el que más sorprendió al público sobre la cancha; tuvo el buen timing de
aparecer en los noventa, la década de los ídolos; y se introdujo en todas las casas de Occidente como un sueño dentro de una caja naranja.

Pero LeBron… Nunca será más grande que Jordan. Pese a ser mejor jugador. El BOAT, el mejor de todos los tiempos. Y es que pienso firmemente que la NBA está muriendo, y que poco a poco las nuevas generaciones serán cada vez peores. Creo que la liga ha perdido su arte y su magia. A mí por lo menos me aburre. Rara vez hay sorpresas, porque nadie toma riesgos. La táctica se ha vuelto homogénea y calcada en casi todos los equipos porque es lo que funciona. Los jugadores, clones de predecesores. Se persigue desde el baloncesto base la creatividad y la originalidad.

Encontré primero poético, y más tarde sarcástico, que fuera LeBron James tras volver a
Cleveland el que plantara cara en una rivalidad legendaria a los Warriors de Stephen Curry. El último reducto contra la Singularidad: Stephen Curry. Un genio tal que destrozó lo que
entendíamos como baloncesto y estandarizó el juego americano al pick and roll, triple y
defensa. Una sorpresa tan dominante que nada de lo que vino después se sintió diferente.

El último destello del arte en el baloncesto, se pudo ver en aquel tapón de James a Iguodala en las finales de 2016, que acabarían ganando los Cavaliers. El primer título de la franquicia. El último de la era de los artistas antes de que todo se terminara de torcer. Defendido por la primera de las máquinas; que aunque no se le recuerde como el GOAT, espero que sí como el mejor de todos los tiempos.

P. D.: El título hace referencia a una canción de Eagles of Death Metal que se utilizó en el
anuncio The Last Game de Nike, es sobre fútbol y no sobre baloncesto, pero va muy en
consonancia con la idea de este texto. Es mi anuncio favorito. Cuando lo veáis creo que sabréis por qué.

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En 'Tiempo de Basket' desde 31.01.2023

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